VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO.CICLO A

 

Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio».
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor».
Pero yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Palabra del Señor.

    El Evangelio de este domingo, nos sitúa en el corazón del Sermón del Monte, donde Jesucristo nos revela que la fe no se vive solo cumpliendo normas externas, sino transformando el corazón. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”

    Jesús deja claro que la Ley de Dios no pierde valor, pero va mucho más allá de lo que se ve por fuera. No basta con “no matar”; también hay que sanar el enojo. No basta con “no cometer adulterio”; hay que purificar la mirada y el deseo. No basta con “decir la verdad a veces”; el discípulo debe vivir con un corazón tan sincero que no necesite juramentos. La santidad que Jesús propone no es mínima, es profunda.

    Este Evangelio nos confronta con una pregunta clave: Nos invita descubrir. ¿Cómo está mi corazón?

    Podemos cumplir muchas reglas y, sin embargo, seguir cargando rencor, doble vida, palabras hirientes o falta de coherencia. Jesús nos invita a una conversión real, donde: el perdón vence al enojo, la fidelidad nace del amor y la verdad brota de un corazón limpio. No se trata de vivir con miedo, sino con un amor que transforma.

    Si somos capaces de mirar con la mirada de Jesús, llena de compasión y de misericordia estaríamos transformando nuestro interior, de esta forma descubriríamos que el sentido pleno de la ley se concreta en qué él nos amó primero y por eso nos pide que hagamos nosotros lo mismo sin perder de vista los mandamientos, pero eso si dándole el sentido pleno que Él le da.

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 


Vosotros sois la luz del mundo.

Del evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Palabra del Señor.

    En este domingo Jesús usa dos imágenes muy simples: la sal y la luz. Cosas pequeñas, cotidianas, que todos conocían… pero indispensables.

    La sal parece poca cosa, pero sin ella la comida pierde sabor. La luz puede ser pequeña, pero basta para vencer la oscuridad. Con esto Jesús nos revela algo muy grande: que el Reino de Dios no crece con cosas espectaculares, sino con vidas transformadas.

   Cuando Jesús nos habla de nosotros mismos nos dice: “vosotros sois la sal de la tierra”, nos está diciendo que el mundo necesita del cristiano para no corromperse, para no perder el sabor del bien, de la verdad, de la esperanza. Pero también advierte: si la sal se vuelve insípida, ya no sirve. Es una llamada fuerte: una fe vivida solo de palabras, sin obras, se vuelve estéril.

    Del mismo modo nos dice:“vosotros sois la luz del mundo.” La luz no se esconde. No se enciende una lámpara para taparla. La fe no es solo para el templo es para la vida diaria. Brillamos cuando: actuamos con justicia, perdonamos, ayudamos al necesitado, vivimos con coherencia. Lo más importante del texto es esto: la luz no es para lucirse, sino para que otros vean a Dios.

    Jesús termina diciéndonos: “que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. No es protagonismo cristiano. Es testimonio. Cuando alguien ve tu paciencia, tu honestidad, tu amor, y piensa: “Dios está ahí” ahí se cumplió el Evangelio.

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A


 Bienaventurados los pobres en el espíritu.

Del evangelio según san Mateo. 
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Palabra del Señor.

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los textos más conocidos y, al mismo tiempo, más exigentes de Jesús: las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta como maestro y comienza a describir el camino de la verdadera felicidad. Pero basta escucharlas con atención para darnos cuenta de algo sorprendente: no se parecen en nada a las felicidades que el mundo propone.

        El mundo dice: felices los poderosos, los que tienen éxito, los que imponen su voluntad. Jesús dice: felices los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que trabajan por la paz.

    Las Bienaventuranzas no son simples consejos morales; son el retrato del mismo Jesús. Él fue pobre de espíritu, manso de corazón, misericordioso con los pecadores, perseguido por hacer el bien. Vivir las Bienaventuranzas es, en el fondo, vivir como Él.

    “Felices los pobres de espíritu”. No se trata solo de pobreza material, sino de reconocer que necesitamos a Dios, que no nos salvamos solos. El pobre de espíritu confía más en Dios que en sus propias seguridades.

    “Felices los que lloran”. Jesús no glorifica el sufrimiento, sino que nos recuerda que Dios no es indiferente al dolor humano. Él consuela, sana y da esperanza a quien no endurece el corazón ante el sufrimiento propio y ajeno.

    “Felices los mansos”. La mansedumbre no es debilidad; es fuerza interior, es saber dominar la violencia, responder al mal con el bien, elegir el camino de la paz.

    “Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No es solo cumplir leyes, sino desear un mundo más justo, donde nadie sea descartado, donde el amor tenga la última palabra.

    “Felices los misericordiosos”. En un mundo que juzga y condena con rapidez, Jesús nos recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio. El que perdona, sana; el que es misericordioso, se parece a Dios.

    Y finalmente, “felices los perseguidos por causa de la justicia”. Seguir a Jesús no siempre es cómodo. A veces implica ir contra la corriente, defender la verdad, amar cuando no es fácil. Pero Jesús nos asegura que vale la pena.

    Las Bienaventuranzas no prometen una felicidad superficial o inmediata, sino una felicidad profunda, que nace de vivir en comunión con Dios. Son un camino, no una meta instantánea.

    Pidamos hoy al Señor la gracia de no quedarnos solo admirando este Evangelio, sino de dejarnos transformar por él, paso a paso, para que nuestra vida sea también una buena noticia para los demás.