DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Soy manso y humilde de corazón.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Palabra del Señor

    La Palabra de Dios de este domingo nos presenta uno de los pasajes más consoladores de todo el Evangelio. Jesús nos abre su corazón y nos revela quién es realmente: manso y humilde de corazón. No nos invita primero a cumplir normas, ni a demostrar méritos, sino a acercarnos a Él para encontrar descanso.

    Vivimos en una sociedad cansada. Hay cansancio físico por el trabajo, pero también un cansancio más profundo: el de quien lleva el peso de las preocupaciones, las enfermedades, los problemas familiares, la incertidumbre, la soledad o el pecado. Muchas personas sonríen por fuera, pero por dentro llevan una carga que parece imposible de soportar.

    A todos ellos, y también a cada uno de nosotros, Jesús dirige una invitación llena de ternura:

    "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré."

    No dice: "Solucionad primero vuestros problemas y luego venid". Tampoco dice: "Sed perfectos antes de acercaros". Nos invita precisamente cuando estamos cansados. Él conoce nuestras heridas y sabe que el corazón humano necesita descanso, esperanza y misericordia.

    La primera lectura nos presenta al Mesías como un rey muy distinto de los poderosos de este mundo. No llega montado sobre un caballo de guerra, sino sobre un humilde asno. Su fuerza no está en las armas, sino en la paz; no domina por el miedo, sino que conquista por el amor.

    Ese Rey es Jesucristo. Él vence el mal no destruyendo a sus enemigos, sino entregando su vida por ellos. Su grandeza consiste en la humildad.

    El Evangelio comienza con otra enseñanza importante. Jesús da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los sencillos. No significa que Dios rechace a los sabios o a los inteligentes, sino que la fe requiere un corazón humilde. El orgullo cierra la puerta a Dios; la sencillez la abre.

    La humildad no consiste en despreciarse a uno mismo, sino en reconocer que todo lo bueno viene de Dios y que necesitamos su gracia. Solo quien reconoce su pobreza espiritual puede dejarse llenar por el amor del Señor.

    Después Jesús añade:

    "Cargad con mi yugo y aprended de mí."

    En tiempos de Jesús, el yugo era el instrumento que unía a dos animales para trabajar juntos. Jesús no nos promete una vida sin dificultades, pero sí nos ofrece caminar con Él. Cuando llevamos el yugo junto a Cristo, el peso cambia completamente. Lo que solos parece insoportable, con Él se hace llevadero.

    Su yugo es el amor. El amor exige esfuerzo, sacrificio y fidelidad, pero también da sentido, paz y alegría. El cristiano no deja de tener cruces; aprende a llevarlas acompañado por el Señor.

    Quizá hoy debamos preguntarnos: ¿qué cargas llevo en mi corazón? ¿Las llevo solo o se las confío a Cristo? ¿Busco descanso en Dios o únicamente en las cosas pasajeras?

    Jesús sigue esperando en la oración, en la Eucaristía, en la confesión, en su Palabra y en los hermanos más necesitados. Allí renueva nuestras fuerzas y nos enseña a vivir con un corazón semejante al suyo.

    Pidamos al Señor la gracia de aprender cada día de Él. Que nuestra vida refleje su mansedumbre en un mundo marcado por la violencia, su humildad en una sociedad dominada por el orgullo y su paz en medio de tantas divisiones.

Que María, la humilde esclava del Señor, nos conduzca siempre hacia su Hijo, para que encontremos en Él el verdadero descanso de nuestras almas.

Amén.






DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Palabra del Señor.

    La Palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre una de las exigencias más profundas del seguimiento de Jesús. Sus palabras pueden parecernos duras: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí... El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí."

    Jesús no nos pide dejar de amar a nuestra familia. Él mismo amó a su Madre, María, y enseñó el mandamiento de honrar a los padres. Lo que nos pide es que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón. Cuando Cristo es el centro de nuestra vida, aprendemos a amar mejor a todos. Un amor que pone a Dios en primer lugar no disminuye el amor humano; lo purifica, lo fortalece y lo hace más auténtico.

    Después añade una frase que parece una paradoja: "El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará." Vivimos en una sociedad que busca el éxito, la comodidad, el reconocimiento y el bienestar personal. Jesús nos propone otro camino: el camino de la entrega, del servicio, del sacrificio por amor.

    La cruz no es el sufrimiento buscado por sí mismo. La cruz es aceptar con amor las dificultades que aparecen por ser fieles al Evangelio. Es perdonar cuando cuesta, decir la verdad aunque tenga consecuencias, permanecer fieles al matrimonio, educar cristianamente a los hijos, cuidar a un enfermo, ayudar al necesitado, perseverar en la fe cuando otros se burlan.

    La primera lectura nos presenta a la mujer de Sunem, que acogió generosamente al profeta Eliseo. No buscó recompensas; simplemente abrió las puertas de su casa y de su corazón. Dios bendijo esa hospitalidad con el don de un hijo. También Jesús, en el Evangelio, promete recompensa a quien acoge a un profeta, a un justo o incluso da un vaso de agua a uno de los pequeños. Ningún gesto de amor realizado por Cristo queda sin fruto.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que por el Bautismo hemos muerto al pecado y hemos resucitado con Cristo para llevar una vida nueva. Ser cristianos no consiste únicamente en asistir a Misa o cumplir unas prácticas religiosas. Significa vivir cada día como personas nuevas, dejando que Cristo transforme nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones.

    Seguir a Jesús siempre tiene un precio, pero también una promesa inmensa. Quien se entrega por amor nunca pierde. Dios no se deja ganar en generosidad. La verdadera felicidad no nace de conservarlo todo para uno mismo, sino de hacer de la propia vida un don para Dios y para los hermanos.

    Pidamos a la Santísima Virgen María, la primera discípula, que nos enseñe a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a seguirlo con fidelidad, llevando nuestra cruz con esperanza y alegría.

XII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehena». ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Palabra del Señor.

    En el Evangelio de este domingo, Jesús repite tres veces una expresión que resuena como un bálsamo para el corazón: «No tengáis miedo». No es una invitación a ignorar las dificultades, sino a vivirlas con la certeza de que Dios camina con nosotros.

    Jesús está preparando a sus discípulos para la misión. Les advierte que encontrarán oposición, críticas e incluso persecución. Sin embargo, les dice: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, proclamadlo desde las azoteas.» El Evangelio no puede permanecer escondido; está llamado a iluminar el mundo.

    Todos conocemos el miedo: miedo al rechazo, al fracaso, a perder el trabajo, a la enfermedad, a la soledad o al qué dirán. Muchas veces ese miedo nos impide vivir nuestra fe con coherencia. Preferimos callar antes que defender la verdad, o dejamos de hacer el bien por temor a las consecuencias.

    Pero Jesús nos recuerda que el verdadero peligro no es perder prestigio o comodidad, sino perder el alma, alejarnos de Dios y renunciar al Evangelio.

    Para fortalecer nuestra confianza, Jesús utiliza una imagen conmovedora: «No se vende un par de gorriones por unas monedas? Pues ni uno solo cae al suelo sin que lo permita vuestro Padre. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.»

    Es una manera de decirnos que para Dios nadie es insignificante. Cada persona tiene un valor inmenso. Si Él cuida de los pájaros del cielo, cuánto más cuidará de sus hijos.

    Esta certeza no significa que no sufriremos, sino que nunca estaremos solos. Dios no abandona a quienes ponen en Él su confianza.

    Hoy el Señor nos invita a ser cristianos valientes. No basta creer en privado; la fe necesita hacerse visible en nuestras palabras, en nuestras decisiones y en nuestras obras.

    Confesar a Cristo no consiste solamente en hablar de Él, sino en vivir como Él: perdonando al que nos ofende; defendiendo la verdad; ayudando al necesitado; siendo honestos cuando otros eligen el camino fácil; manteniendo la esperanza incluso en las dificultades.

    Quien vive así ya está proclamando el Evangelio "desde las azoteas".    Pidamos al Señor la gracia de una fe firme, capaz de vencer el miedo y de anunciar el Evangelio con alegría y esperanza.