«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Palabra del Señor.
La Palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre una de las exigencias más profundas del seguimiento de Jesús. Sus palabras pueden parecernos duras: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí... El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí."
Jesús no nos pide dejar de amar a nuestra familia. Él mismo amó a su Madre, María, y enseñó el mandamiento de honrar a los padres. Lo que nos pide es que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón. Cuando Cristo es el centro de nuestra vida, aprendemos a amar mejor a todos. Un amor que pone a Dios en primer lugar no disminuye el amor humano; lo purifica, lo fortalece y lo hace más auténtico.
Después añade una frase que parece una paradoja: "El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará." Vivimos en una sociedad que busca el éxito, la comodidad, el reconocimiento y el bienestar personal. Jesús nos propone otro camino: el camino de la entrega, del servicio, del sacrificio por amor.
La cruz no es el sufrimiento buscado por sí mismo. La cruz es aceptar con amor las dificultades que aparecen por ser fieles al Evangelio. Es perdonar cuando cuesta, decir la verdad aunque tenga consecuencias, permanecer fieles al matrimonio, educar cristianamente a los hijos, cuidar a un enfermo, ayudar al necesitado, perseverar en la fe cuando otros se burlan.
La primera lectura nos presenta a la mujer de Sunem, que acogió generosamente al profeta Eliseo. No buscó recompensas; simplemente abrió las puertas de su casa y de su corazón. Dios bendijo esa hospitalidad con el don de un hijo. También Jesús, en el Evangelio, promete recompensa a quien acoge a un profeta, a un justo o incluso da un vaso de agua a uno de los pequeños. Ningún gesto de amor realizado por Cristo queda sin fruto.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que por el Bautismo hemos muerto al pecado y hemos resucitado con Cristo para llevar una vida nueva. Ser cristianos no consiste únicamente en asistir a Misa o cumplir unas prácticas religiosas. Significa vivir cada día como personas nuevas, dejando que Cristo transforme nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones.
Seguir a Jesús siempre tiene un precio, pero también una promesa inmensa. Quien se entrega por amor nunca pierde. Dios no se deja ganar en generosidad. La verdadera felicidad no nace de conservarlo todo para uno mismo, sino de hacer de la propia vida un don para Dios y para los hermanos.
Pidamos a la Santísima Virgen María, la primera discípula, que nos enseñe a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a seguirlo con fidelidad, llevando nuestra cruz con esperanza y alegría.
