Y escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
Él respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él. Palabra del Señor
En este cuarto domingo de Cuaresma la liturgia nos habla de la luz y de la verdadera visión. No se trata solamente de ver con los ojos del cuerpo, sino de ver con el corazón.
En el Evangelio de hoy, tomado del Evangelio según San Juan, encontramos a un ciego de nacimiento. Este hombre nunca había visto la luz. Vivía en la oscuridad total. Sin embargo, cuando se encuentra con Jesús, ocurre algo extraordinario: recibe la vista.
Pero el Evangelio nos muestra algo todavía más profundo. Los que creían ver —los fariseos— en realidad estaban ciegos espiritualmente. Y el que era ciego termina viendo no solo con los ojos, sino con la fe. Jesús nos enseña algo muy importante: La peor ceguera no es la del cuerpo, sino la del corazón.
En la primera lectura del Primer Libro de Samuel, Dios envía al profeta Samuel a elegir un rey. Samuel se fija en la apariencia de los hijos de Jesé, pero Dios le dice una frase muy profunda: “El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.”
Y así, el elegido es David, el más pequeño, el que nadie esperaba. Esto nos recuerda algo muy importante: Dios no nos juzga por lo que aparentamos, sino por lo que somos realmente en nuestro interior.
En el Evangelio, Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo.” Cuando Jesús entra en la vida de aquel ciego, todo cambia. Primero recibe la vista, pero luego hace algo todavía más importante: reconoce a Jesús y cree en Él. La fe es precisamente eso: dejar que Cristo ilumine nuestra vida.
Muchas veces caminamos en la oscuridad: oscuridad del egoísmo, oscuridad del pecado, oscuridad de la falta de fe, oscuridad del miedo. Pero cuando dejamos entrar a Cristo, todo empieza a tener sentido.
San Pablo dice en la segunda lectura de la Carta a los Efesios: “Antes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor.” La Cuaresma es precisamente un camino de conversión, un paso: de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la fe.
El ciego del Evangelio hace un camino muy hermoso. Poco a poco va descubriendo quién es Jesús: Primero lo llama “ese hombre llamado Jesús”. Luego dice “es un profeta”. Finalmente proclama: “Creo, Señor”
Así también crece nuestra fe: poco a poco, cuando nos encontramos realmente con Cristo.En este domingo la Iglesia nos invita a pedir una gracia muy concreta: Señor, abre nuestros ojos. Que podamos: ver la verdad, ver el bien, ver a Dios en nuestra vida,y ver a los demás con amor. Que esta Cuaresma sea para nosotros un camino de la ceguera a la luz, y que Cristo ilumine siempre nuestro corazón.
