DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Vende todo lo que tiene y compra el campo.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo». Palabra del Señor.
    Las lecturas de este domingo nos plantean una pregunta muy concreta: ¿qué es lo más valioso de nuestra vida? Porque aquello que consideramos nuestro mayor tesoro es lo que orienta nuestras decisiones, nuestro tiempo y nuestro corazón.

XVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A


 Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”». Palabra del Señor.

    La Palabra de Dios de este domingo nos presenta un rostro maravilloso de Dios: un Dios fuerte, pero lleno de misericordia; justo, pero paciente; santo, pero siempre dispuesto a dar una oportunidad para la conversión.

    En el Evangelio, Jesús nos narra la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre siembra buena semilla en su campo, pero durante la noche llega un enemigo y siembra cizaña entre el trigo. Cuando los siervos descubren el problema, quieren arrancar inmediatamente la mala hierba. Sin embargo, el dueño responde: "No; no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la cosecha."

    Esta respuesta puede sorprendernos. Nosotros queremos soluciones rápidas. Nos cuesta convivir con el mal, con las injusticias y con las personas que nos hacen daño. Muchas veces también queremos juzgar de inmediato quién es bueno y quién es malo. Pero Jesús nos recuerda que solo Dios conoce el corazón humano.

    La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos dice que el poder de Dios se manifiesta precisamente en su misericordia. Dios no actúa con violencia ni con impaciencia; da tiempo para que el pecador cambie de vida. Su justicia siempre va acompañada de compasión.

    Esta enseñanza también debemos aplicarla a nosotros mismos. El campo no es solamente el mundo; también es nuestro corazón. En cada uno hay trigo y hay cizaña. Hay generosidad, fe, amor, pero también egoísmo, orgullo, resentimiento y pecado. Dios no nos destruye por nuestras debilidades, sino que trabaja pacientemente para que el trigo crezca y dé fruto.

    San Pablo, en la segunda lectura, añade un mensaje lleno de esperanza: cuando sentimos que nuestra fe es débil y no sabemos cómo orar, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros. Nunca estamos solos en el camino de la conversión.

    Después de esta parábola, Jesús presenta otra imagen: el grano de mostaza. Es la más pequeña de las semillas, pero llega a convertirse en un árbol donde las aves encuentran refugio. Así actúa el Reino de Dios: comienza de manera humilde, casi imperceptible, pero posee una fuerza interior capaz de transformar la historia.

    También nosotros podemos sentir que nuestras acciones son pequeñas: una oración, una visita a un enfermo, una palabra de consuelo, un acto de perdón o una ayuda al necesitado. Sin embargo, cuando estas obras nacen del amor de Dios, producen frutos inmensos que muchas veces no alcanzamos a ver.

    Las dos parábolas nos invitan a vivir con paciencia y esperanza. La paciencia para no desesperarnos ante el mal que existe en el mundo ni ante nuestras propias limitaciones. Y la esperanza para confiar en que Dios sigue haciendo crecer el bien, aunque parezca pequeño e insignificante.

    Pidamos hoy al Señor la gracia de ser trigo bueno en medio del mundo. Que nuestras palabras y nuestras obras ayuden a construir el Reino de Dios. Que no nos convirtamos en jueces de los demás, sino en sembradores de esperanza, misericordia y reconciliación.

    Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a esperar con fe, a perseverar en el bien y a confiar siempre en la paciencia amorosa de Dios.

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                 Salió el sembrador a sembrar.

Del evangelio según san Mateo.
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acu
dió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga». Palabra del Señor
    El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la del sembrador. Es una imagen sencilla, tomada de la vida cotidiana, pero encierra una profunda enseñanza sobre el Reino de Dios y sobre nuestro propio corazón.
    Lo primero que llama la atención es la generosidad del sembrador. No selecciona cuidadosamente dónde caerá cada semilla. La esparce con abundancia por todas partes: en el camino, entre piedras, entre espinos y en tierra buena. Así es Dios. Su amor no hace distinciones. Su Palabra se dirige a todos. Nadie queda excluido de su invitación.
    La semilla es siempre buena. Tiene fuerza, vida y capacidad para dar fruto. Si en ocasiones no produce una cosecha abundante, no es porque la semilla haya perdido su poder, sino porque encuentra obstáculos en el terreno. Jesús nos invita entonces a preguntarnos: ¿Qué clase de tierra soy yo?
    A veces nuestro corazón se parece al camino endurecido por la rutina, donde la Palabra apenas logra entrar. Escuchamos el Evangelio, pero enseguida las preocupaciones, las distracciones o la indiferencia nos hacen olvidarlo.
    Otras veces somos como el terreno pedregoso. Recibimos la Palabra con entusiasmo, pero cuando llegan las dificultades, las críticas o las exigencias del seguimiento de Cristo, nos desanimamos y abandonamos.
    También podemos ser como la tierra llena de espinos. La fe está presente, pero queda ahogada por la obsesión por el dinero, el éxito, el consumo o las preocupaciones constantes. Poco a poco, Dios deja de ocupar el primer lugar.
    Pero Jesús nos habla también de la tierra buena. No se trata de personas perfectas, sino de corazones abiertos, humildes y disponibles, que escuchan la Palabra, la meditan y la ponen en práctica. Entonces la semilla produce fruto abundante: treinta, sesenta y hasta cien por uno.
    La primera lectura, del profeta Isaías, nos llena de esperanza. Así como la lluvia fecunda la tierra y nunca vuelve vacía al cielo, también la Palabra de Dios siempre realiza aquello para lo que fue enviada. Tal vez nosotros no veamos inmediatamente los resultados, pero Dios sigue actuando silenciosamente en la historia y en nuestra vida.
    San Pablo, por su parte, nos recuerda que toda la creación espera con esperanza la manifestación de los hijos de Dios. Nuestro mundo necesita cristianos que den fruto: personas que siembren reconciliación donde hay división, esperanza donde hay desesperanza, justicia donde hay abuso y amor donde hay indiferencia.
    Hoy también nosotros somos llamados a convertirnos en sembradores. No basta con recibir la semilla; estamos invitados a compartirla con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestro testimonio. En la familia, en el trabajo, en la escuela, en la comunidad y en la sociedad podemos sembrar gestos de bondad, perdón, solidaridad y fe. Quizá no veamos enseguida los frutos, pero Dios hará crecer lo que sembramos con amor.
    Pidamos al Señor que prepare nuestro corazón para que sea tierra buena. Que quite de nosotros las piedras del orgullo, los espinos del egoísmo y la dureza de la indiferencia. Que su Palabra eche raíces profundas y transforme nuestra vida.
    Que María, la mujer que acogió la Palabra con un corazón plenamente disponible, nos enseñe a escucharla, guardarla y hacerla fructificar para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.