SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES. CICLO A

 

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo.

Del evangelio según san Juan.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonad; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Palabra del Señor.

    Hoy celebramos una de las fiestas más grandes de la Iglesia: Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua, el Señor cumple su promesa y envía el Espíritu Santo sobre María y los apóstoles reunidos en oración. El miedo se transforma en valentía, el encierro se convierte en misión, y un pequeño grupo de discípulos comienza a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

    El libro de los Hechos nos dice que estaban todos reunidos en el mismo lugar. No estaban organizando estrategias humanas; estaban orando. Allí estaba María, la Madre de Jesús, acompañando a la Iglesia naciente. Y en medio de esa oración desciende el Espíritu como viento impetuoso y fuego ardiente.

    El viento simboliza la fuerza de Dios que mueve lo que estaba paralizado. El fuego representa el amor que purifica e ilumina. El Espíritu Santo no viene para adornar la vida cristiana; viene para transformarla desde dentro.

    Antes de Pentecostés, los apóstoles tenían miedo. Después de Pentecostés, salen a anunciar a Cristo sin temor. Pedro, que había negado a Jesús, ahora predica con valentía. ¿Qué cambió? No cambiaron las circunstancias; cambió su corazón. El Espíritu Santo hizo nuevas todas las cosas.

    También nosotros muchas veces vivimos encerrados: encerrados en el miedo, en la rutina, en la indiferencia, en la tristeza, o en una fe tibia. Y hoy el Señor nos dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Dios no abandona a su Iglesia. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles sigue actuando hoy.

    San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. No todos hacemos lo mismo en la Iglesia, pero todos somos necesarios. El Espíritu Santo no uniforma; une. Hace de muchos un solo cuerpo en Cristo. Qué importante es esto en un mundo dividido por conflictos, egoísmos y enfrentamientos. El Espíritu Santo crea comunión, abre al perdón y nos enseña a mirar al otro como hermano.

    En el Evangelio, Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos y les da el Espíritu para el perdón de los pecados. El primer fruto del Espíritu es la paz. No una paz superficial, sino la paz profunda que nace de saberse amado y reconciliado con Dios.

    Pentecostés no es solamente un recuerdo del pasado. Pentecostés debe suceder también hoy en nosotros. Cada vez que abrimos el corazón a Dios: renace la esperanza, vuelve la alegría, crece la fe, y despertamos a la misión.

Pidamos hoy:

“Ven, Espíritu Santo.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor.
Quita nuestros miedos.
Haznos testigos valientes de Cristo.
Y renueva la faz de la tierra.” Amén.


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR. CICLO A

 


Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Palabra del Señor.
   Hoy celebramos la gran solemnidad de la Ascensión del Señor. No es la despedida triste de Jesús, sino el cumplimiento glorioso de su misión y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
    Los discípulos contemplan cómo Cristo asciende al cielo. Humanamente podrían sentirse solos, confundidos o abandonados. Pero el Señor les dice: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Ahí está la clave de esta fiesta: Jesús no se aleja; cambia su manera de estar presente.
    Cristo asciende al Padre llevando consigo nuestra humanidad. Él abre para nosotros el camino del cielo. La Ascensión nos recuerda que nuestra meta no es quedarnos encerrados en lo material o pasajero, sino vivir orientados hacia Dios. Muchas veces vivimos absorbidos por preocupaciones, prisas, problemas y miedos. Sin embargo, hoy la liturgia nos invita a levantar la mirada.
    Los ángeles dicen a los apóstoles: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Es decir: no os quedéis paralizados. El Señor os envía al mundo. La Ascensión no es evasión, sino misión.
    Antes de subir al cielo, Jesús da un mandato claro: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. La Iglesia existe para evangelizar. Cada bautizado es enviado. No solo los sacerdotes o religiosos; también los padres de familia, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores. Todos estamos llamados a anunciar a Cristo con la palabra y con la vida.
    Y Jesús promete una fuerza: el Espíritu Santo. Los apóstoles eran débiles y tenían miedo, pero cuando recibieron el Espíritu se convirtieron en testigos valientes. También nosotros necesitamos esa fuerza para vivir la fe en medio de un mundo que muchas veces vive como si Dios no existiera.
    La Ascensión también nos llena de esperanza. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Él está glorificado y nos prepara un lugar. Nuestra vida tiene un destino eterno. Por eso el cristiano no vive derrotado ni sin sentido. Aunque existan cruces, sufrimientos y dificultades, sabemos hacia dónde caminamos.
    Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que acompañó a los apóstoles en la espera del Espíritu Santo, que también nosotros vivamos con fe, esperanza y alegría esta misión cristiana.

VI DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». Palabra del Señor

    En este VI Domingo de Pascua, Jesús nos habla al corazón con palabras llenas de ternura y esperanza: “Si me amáis, cumplirñeis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos”.

    Estas palabras fueron dichas en la Última Cena. Jesús sabe que sus discípulos sienten miedo ante su partida. También nosotros muchas veces vivimos con incertidumbre, soledad, cansancio espiritual o dudas. Pero el Señor nos promete algo maravilloso: no estamos solos. Él nos regala su Espíritu.

    El amor de Jesús se demuestra en la vida. El cristianismo no es solo sentimiento ni costumbre. Amar a Cristo significa vivir como Él vivió: perdonar servir, ayudar, ser honestos, defender la verdad, amar incluso cuando cuesta.

    Muchas veces decimos que creemos en Dios, pero el Evangelio nos pregunta: ¿Se nota en nuestra manera de vivir?. El verdadero discípulo no solo habla de amor; lo practica en casa, en el trabajo, en la familia y con los más necesitados.

    “No los dejaré huérfanos” Qué hermosa promesa. Jesús conoce nuestras fragilidades. Hay momentos en que nos sentimos abandonados, incomprendidos o desanimados. Sin embargo, Cristo Resucitado permanece con nosotros.

    Él envía al Espíritu Santo, el “Defensor”, que: nos fortalece, nos consuela, nos guía, y nos recuerda que somos hijos de Dios. El Espíritu Santo actúa silenciosamente: cuando recuperamos la paz, cuando nace el deseo de orar, cuando encontramos fuerza para seguir adelante, cuando elegimos el bien sobre el egoísmo. Aunque no lo veamos, Dios sigue caminando con nosotros.

    Un cristiano que transmite esperanza. El mundo necesita personas llenas del Espíritu: familias que vivan el amor, jóvenes con fe, adultos coherentes, comunidades unidas. Un cristiano triste, dividido o indiferente no refleja la alegría de Pascua. Cristo vive y eso cambia nuestra existencia.

    La Pascua no termina; continúa cada vez que: vencemos el odio con amor, respondemos al mal con bien, levantamos al que cae, y damos testimonio de esperanza.

    Hoy Jesús nos invita a confiar: “Yo sigo viviendo. Cristo Resucitado está presente. No somos huérfanos. El Espíritu Santo habita en nosotros y nos acompaña cada día. Pidamos en esta Eucaristía: un corazón fiel, una fe viva, y la fuerza para amar como Jesús nos ama.