DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Soy manso y humilde de corazón.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Palabra del Señor

    La Palabra de Dios de este domingo nos presenta uno de los pasajes más consoladores de todo el Evangelio. Jesús nos abre su corazón y nos revela quién es realmente: manso y humilde de corazón. No nos invita primero a cumplir normas, ni a demostrar méritos, sino a acercarnos a Él para encontrar descanso.

    Vivimos en una sociedad cansada. Hay cansancio físico por el trabajo, pero también un cansancio más profundo: el de quien lleva el peso de las preocupaciones, las enfermedades, los problemas familiares, la incertidumbre, la soledad o el pecado. Muchas personas sonríen por fuera, pero por dentro llevan una carga que parece imposible de soportar.

    A todos ellos, y también a cada uno de nosotros, Jesús dirige una invitación llena de ternura:

    "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré."

    No dice: "Solucionad primero vuestros problemas y luego venid". Tampoco dice: "Sed perfectos antes de acercaros". Nos invita precisamente cuando estamos cansados. Él conoce nuestras heridas y sabe que el corazón humano necesita descanso, esperanza y misericordia.

    La primera lectura nos presenta al Mesías como un rey muy distinto de los poderosos de este mundo. No llega montado sobre un caballo de guerra, sino sobre un humilde asno. Su fuerza no está en las armas, sino en la paz; no domina por el miedo, sino que conquista por el amor.

    Ese Rey es Jesucristo. Él vence el mal no destruyendo a sus enemigos, sino entregando su vida por ellos. Su grandeza consiste en la humildad.

    El Evangelio comienza con otra enseñanza importante. Jesús da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los sencillos. No significa que Dios rechace a los sabios o a los inteligentes, sino que la fe requiere un corazón humilde. El orgullo cierra la puerta a Dios; la sencillez la abre.

    La humildad no consiste en despreciarse a uno mismo, sino en reconocer que todo lo bueno viene de Dios y que necesitamos su gracia. Solo quien reconoce su pobreza espiritual puede dejarse llenar por el amor del Señor.

    Después Jesús añade:

    "Cargad con mi yugo y aprended de mí."

    En tiempos de Jesús, el yugo era el instrumento que unía a dos animales para trabajar juntos. Jesús no nos promete una vida sin dificultades, pero sí nos ofrece caminar con Él. Cuando llevamos el yugo junto a Cristo, el peso cambia completamente. Lo que solos parece insoportable, con Él se hace llevadero.

    Su yugo es el amor. El amor exige esfuerzo, sacrificio y fidelidad, pero también da sentido, paz y alegría. El cristiano no deja de tener cruces; aprende a llevarlas acompañado por el Señor.

    Quizá hoy debamos preguntarnos: ¿qué cargas llevo en mi corazón? ¿Las llevo solo o se las confío a Cristo? ¿Busco descanso en Dios o únicamente en las cosas pasajeras?

    Jesús sigue esperando en la oración, en la Eucaristía, en la confesión, en su Palabra y en los hermanos más necesitados. Allí renueva nuestras fuerzas y nos enseña a vivir con un corazón semejante al suyo.

    Pidamos al Señor la gracia de aprender cada día de Él. Que nuestra vida refleje su mansedumbre en un mundo marcado por la violencia, su humildad en una sociedad dominada por el orgullo y su paz en medio de tantas divisiones.

Que María, la humilde esclava del Señor, nos conduzca siempre hacia su Hijo, para que encontremos en Él el verdadero descanso de nuestras almas.

Amén.






DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Palabra del Señor.

    La Palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre una de las exigencias más profundas del seguimiento de Jesús. Sus palabras pueden parecernos duras: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí... El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí."

    Jesús no nos pide dejar de amar a nuestra familia. Él mismo amó a su Madre, María, y enseñó el mandamiento de honrar a los padres. Lo que nos pide es que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón. Cuando Cristo es el centro de nuestra vida, aprendemos a amar mejor a todos. Un amor que pone a Dios en primer lugar no disminuye el amor humano; lo purifica, lo fortalece y lo hace más auténtico.

    Después añade una frase que parece una paradoja: "El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará." Vivimos en una sociedad que busca el éxito, la comodidad, el reconocimiento y el bienestar personal. Jesús nos propone otro camino: el camino de la entrega, del servicio, del sacrificio por amor.

    La cruz no es el sufrimiento buscado por sí mismo. La cruz es aceptar con amor las dificultades que aparecen por ser fieles al Evangelio. Es perdonar cuando cuesta, decir la verdad aunque tenga consecuencias, permanecer fieles al matrimonio, educar cristianamente a los hijos, cuidar a un enfermo, ayudar al necesitado, perseverar en la fe cuando otros se burlan.

    La primera lectura nos presenta a la mujer de Sunem, que acogió generosamente al profeta Eliseo. No buscó recompensas; simplemente abrió las puertas de su casa y de su corazón. Dios bendijo esa hospitalidad con el don de un hijo. También Jesús, en el Evangelio, promete recompensa a quien acoge a un profeta, a un justo o incluso da un vaso de agua a uno de los pequeños. Ningún gesto de amor realizado por Cristo queda sin fruto.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que por el Bautismo hemos muerto al pecado y hemos resucitado con Cristo para llevar una vida nueva. Ser cristianos no consiste únicamente en asistir a Misa o cumplir unas prácticas religiosas. Significa vivir cada día como personas nuevas, dejando que Cristo transforme nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones.

    Seguir a Jesús siempre tiene un precio, pero también una promesa inmensa. Quien se entrega por amor nunca pierde. Dios no se deja ganar en generosidad. La verdadera felicidad no nace de conservarlo todo para uno mismo, sino de hacer de la propia vida un don para Dios y para los hermanos.

    Pidamos a la Santísima Virgen María, la primera discípula, que nos enseñe a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a seguirlo con fidelidad, llevando nuestra cruz con esperanza y alegría.

XII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehena». ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Palabra del Señor.

    En el Evangelio de este domingo, Jesús repite tres veces una expresión que resuena como un bálsamo para el corazón: «No tengáis miedo». No es una invitación a ignorar las dificultades, sino a vivirlas con la certeza de que Dios camina con nosotros.

    Jesús está preparando a sus discípulos para la misión. Les advierte que encontrarán oposición, críticas e incluso persecución. Sin embargo, les dice: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, proclamadlo desde las azoteas.» El Evangelio no puede permanecer escondido; está llamado a iluminar el mundo.

    Todos conocemos el miedo: miedo al rechazo, al fracaso, a perder el trabajo, a la enfermedad, a la soledad o al qué dirán. Muchas veces ese miedo nos impide vivir nuestra fe con coherencia. Preferimos callar antes que defender la verdad, o dejamos de hacer el bien por temor a las consecuencias.

    Pero Jesús nos recuerda que el verdadero peligro no es perder prestigio o comodidad, sino perder el alma, alejarnos de Dios y renunciar al Evangelio.

    Para fortalecer nuestra confianza, Jesús utiliza una imagen conmovedora: «No se vende un par de gorriones por unas monedas? Pues ni uno solo cae al suelo sin que lo permita vuestro Padre. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.»

    Es una manera de decirnos que para Dios nadie es insignificante. Cada persona tiene un valor inmenso. Si Él cuida de los pájaros del cielo, cuánto más cuidará de sus hijos.

    Esta certeza no significa que no sufriremos, sino que nunca estaremos solos. Dios no abandona a quienes ponen en Él su confianza.

    Hoy el Señor nos invita a ser cristianos valientes. No basta creer en privado; la fe necesita hacerse visible en nuestras palabras, en nuestras decisiones y en nuestras obras.

    Confesar a Cristo no consiste solamente en hablar de Él, sino en vivir como Él: perdonando al que nos ofende; defendiendo la verdad; ayudando al necesitado; siendo honestos cuando otros eligen el camino fácil; manteniendo la esperanza incluso en las dificultades.

    Quien vive así ya está proclamando el Evangelio "desde las azoteas".    Pidamos al Señor la gracia de una fe firme, capaz de vencer el miedo y de anunciar el Evangelio con alegría y esperanza.




XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Llamó a sus doce discípulos y los envió

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis». Palabra del Señor.

    El Evangelio de este domingo nos muestra el corazón de Jesús. San Mateo nos dice que, al ver a la multitud, Jesús sintió compasión porque estaban “cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”.

        La primera enseñanza es que Dios no nos mira con indiferencia. Jesús ve nuestras luchas, nuestras preocupaciones familiares, nuestros problemas económicos, nuestras enfermedades y nuestras dudas. No nos juzga desde lejos; se acerca con misericordia. La compasión de Cristo es el punto de partida de toda la misión de la Iglesia.

    Luego Jesús dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. El mundo sigue necesitando personas que anuncien esperanza, que lleven consuelo, que hablen de Dios con su vida. No se trata solamente de sacerdotes o religiosos; cada bautizado está llamado a ser misionero allí donde vive: en la familia, en el trabajo, en la escuela, entre los amigos.

    A continuación, Jesús envía a los Doce. Es significativo que no envía personas perfectas, sino hombres sencillos, con limitaciones y debilidades. Esto nos recuerda que Dios no llama a los más capacitados; capacita a los que llama. Cuando confiamos en Él, nuestra pequeñez se convierte en instrumento de su gracia.

    El Señor también les da una consigna: “Gratis habeis recibido; dad gratis”. Todo lo que tenemos es un don: la vida, la fe, los talentos, el amor de nuestras familias. Por eso estamos llamados a compartir generosamente, sin buscar recompensas ni reconocimientos.

Hoy podemos preguntarnos. ¿Tengo la misma compasión de Jesús por quienes sufren?¿Rezo por las vocaciones sacerdotales y religiosas?¿Soy consciente de que también yo he sido enviado a anunciar el Evangelio?¿Comparto gratuitamente los dones que Dios me ha concedido?

    Pidamos al Señor que renueve en nosotros el entusiasmo de los primeros discípulos. Que sepamos confiar en Él, como aquellos pescadores que dejaron sus redes para seguirle, y que nuestra vida sea un testimonio de fe, esperanza y amor.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

 


Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Palabra del Señor.
    Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más profundas y conmovedoras de nuestra fe: el Corpus Christi, la solemnidad en la que contemplamos y adoramos a Jesucristo presente en la Eucaristía. No recordamos solamente un acontecimiento del pasado; celebramos una presencia viva y real. Cristo sigue entregándose por nosotros, sigue alimentando a su pueblo y sigue caminando con la humanidad. Cuando Jesús tomó el pan y dijo: “Esto es mi cuerpo”, y tomó el cáliz diciendo: “Esta es mi sangre”, realizó el gesto supremo del amor. No quiso dejarnos únicamente una enseñanza o un recuerdo. Quiso quedarse con nosotros. En cada Eucaristía se hace presente el mismo Señor que nació en Belén, murió en la cruz y resucitó glorioso.
    La fiesta de hoy nos invita a mirar la Eucaristía desde tres dimensiones.
1. La Eucaristía es don. Nada merecíamos y, sin embargo, Dios nos entrega lo más grande que tiene: a su propio Hijo. Cada vez que participamos en la Misa recibimos un regalo inmenso. Cristo se hace alimento para nuestra debilidad, fuerza para nuestras luchas y esperanza para nuestros cansancios.
En un mundo marcado por el individualismo y la autosuficiencia, la Eucaristía nos recuerda que la vida cristiana comienza acogiendo un don. Antes de hacer algo por Dios, recibimos todo de Él.
2. La Eucaristía es comunión. Al acercarnos al mismo Pan, formamos un solo cuerpo. No somos cristianos aislados. Somos familia, Iglesia, pueblo de Dios. Por eso no puede haber verdadera comunión con Cristo sin buscar la reconciliación con los hermanos. La Eucaristía nos impulsa a perdonar, a sanar divisiones y a construir unidad en nuestras familias, comunidades y sociedades.
3. La Eucaristía es misión. Al final de cada Misa somos enviados. No permanecemos encerrados en el templo. Salimos para llevar a Cristo al mundo. El Pan que recibimos se convierte en compromiso con los pobres, los enfermos, los ancianos, los migrantes y todos los que sufren.
La procesión del Corpus Christi expresa precisamente esta verdad: Cristo sale a las calles porque quiere bendecir la vida cotidiana de las personas. Quiere entrar en nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones y nuestras esperanzas.
Pidamos al Señor que renueve en nosotros el asombro ante su presencia real. Que cada comunión nos acerque más a Él y nos haga más generosos con nuestros hermanos.
Que María, mujer eucarística, nos enseñe a recibir a Cristo con un corazón abierto y disponible.


SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES. CICLO A

 

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo.

Del evangelio según san Juan.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonad; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Palabra del Señor.

    Hoy celebramos una de las fiestas más grandes de la Iglesia: Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua, el Señor cumple su promesa y envía el Espíritu Santo sobre María y los apóstoles reunidos en oración. El miedo se transforma en valentía, el encierro se convierte en misión, y un pequeño grupo de discípulos comienza a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

    El libro de los Hechos nos dice que estaban todos reunidos en el mismo lugar. No estaban organizando estrategias humanas; estaban orando. Allí estaba María, la Madre de Jesús, acompañando a la Iglesia naciente. Y en medio de esa oración desciende el Espíritu como viento impetuoso y fuego ardiente.

    El viento simboliza la fuerza de Dios que mueve lo que estaba paralizado. El fuego representa el amor que purifica e ilumina. El Espíritu Santo no viene para adornar la vida cristiana; viene para transformarla desde dentro.

    Antes de Pentecostés, los apóstoles tenían miedo. Después de Pentecostés, salen a anunciar a Cristo sin temor. Pedro, que había negado a Jesús, ahora predica con valentía. ¿Qué cambió? No cambiaron las circunstancias; cambió su corazón. El Espíritu Santo hizo nuevas todas las cosas.

    También nosotros muchas veces vivimos encerrados: encerrados en el miedo, en la rutina, en la indiferencia, en la tristeza, o en una fe tibia. Y hoy el Señor nos dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Dios no abandona a su Iglesia. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles sigue actuando hoy.

    San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. No todos hacemos lo mismo en la Iglesia, pero todos somos necesarios. El Espíritu Santo no uniforma; une. Hace de muchos un solo cuerpo en Cristo. Qué importante es esto en un mundo dividido por conflictos, egoísmos y enfrentamientos. El Espíritu Santo crea comunión, abre al perdón y nos enseña a mirar al otro como hermano.

    En el Evangelio, Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos y les da el Espíritu para el perdón de los pecados. El primer fruto del Espíritu es la paz. No una paz superficial, sino la paz profunda que nace de saberse amado y reconciliado con Dios.

    Pentecostés no es solamente un recuerdo del pasado. Pentecostés debe suceder también hoy en nosotros. Cada vez que abrimos el corazón a Dios: renace la esperanza, vuelve la alegría, crece la fe, y despertamos a la misión.

Pidamos hoy:

“Ven, Espíritu Santo.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor.
Quita nuestros miedos.
Haznos testigos valientes de Cristo.
Y renueva la faz de la tierra.” Amén.


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR. CICLO A

 


Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Palabra del Señor.
   Hoy celebramos la gran solemnidad de la Ascensión del Señor. No es la despedida triste de Jesús, sino el cumplimiento glorioso de su misión y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
    Los discípulos contemplan cómo Cristo asciende al cielo. Humanamente podrían sentirse solos, confundidos o abandonados. Pero el Señor les dice: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Ahí está la clave de esta fiesta: Jesús no se aleja; cambia su manera de estar presente.
    Cristo asciende al Padre llevando consigo nuestra humanidad. Él abre para nosotros el camino del cielo. La Ascensión nos recuerda que nuestra meta no es quedarnos encerrados en lo material o pasajero, sino vivir orientados hacia Dios. Muchas veces vivimos absorbidos por preocupaciones, prisas, problemas y miedos. Sin embargo, hoy la liturgia nos invita a levantar la mirada.
    Los ángeles dicen a los apóstoles: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Es decir: no os quedéis paralizados. El Señor os envía al mundo. La Ascensión no es evasión, sino misión.
    Antes de subir al cielo, Jesús da un mandato claro: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. La Iglesia existe para evangelizar. Cada bautizado es enviado. No solo los sacerdotes o religiosos; también los padres de familia, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores. Todos estamos llamados a anunciar a Cristo con la palabra y con la vida.
    Y Jesús promete una fuerza: el Espíritu Santo. Los apóstoles eran débiles y tenían miedo, pero cuando recibieron el Espíritu se convirtieron en testigos valientes. También nosotros necesitamos esa fuerza para vivir la fe en medio de un mundo que muchas veces vive como si Dios no existiera.
    La Ascensión también nos llena de esperanza. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Él está glorificado y nos prepara un lugar. Nuestra vida tiene un destino eterno. Por eso el cristiano no vive derrotado ni sin sentido. Aunque existan cruces, sufrimientos y dificultades, sabemos hacia dónde caminamos.
    Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que acompañó a los apóstoles en la espera del Espíritu Santo, que también nosotros vivamos con fe, esperanza y alegría esta misión cristiana.

VI DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». Palabra del Señor

    En este VI Domingo de Pascua, Jesús nos habla al corazón con palabras llenas de ternura y esperanza: “Si me amáis, cumplirñeis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos”.

    Estas palabras fueron dichas en la Última Cena. Jesús sabe que sus discípulos sienten miedo ante su partida. También nosotros muchas veces vivimos con incertidumbre, soledad, cansancio espiritual o dudas. Pero el Señor nos promete algo maravilloso: no estamos solos. Él nos regala su Espíritu.

    El amor de Jesús se demuestra en la vida. El cristianismo no es solo sentimiento ni costumbre. Amar a Cristo significa vivir como Él vivió: perdonar servir, ayudar, ser honestos, defender la verdad, amar incluso cuando cuesta.

    Muchas veces decimos que creemos en Dios, pero el Evangelio nos pregunta: ¿Se nota en nuestra manera de vivir?. El verdadero discípulo no solo habla de amor; lo practica en casa, en el trabajo, en la familia y con los más necesitados.

    “No los dejaré huérfanos” Qué hermosa promesa. Jesús conoce nuestras fragilidades. Hay momentos en que nos sentimos abandonados, incomprendidos o desanimados. Sin embargo, Cristo Resucitado permanece con nosotros.

    Él envía al Espíritu Santo, el “Defensor”, que: nos fortalece, nos consuela, nos guía, y nos recuerda que somos hijos de Dios. El Espíritu Santo actúa silenciosamente: cuando recuperamos la paz, cuando nace el deseo de orar, cuando encontramos fuerza para seguir adelante, cuando elegimos el bien sobre el egoísmo. Aunque no lo veamos, Dios sigue caminando con nosotros.

    Un cristiano que transmite esperanza. El mundo necesita personas llenas del Espíritu: familias que vivan el amor, jóvenes con fe, adultos coherentes, comunidades unidas. Un cristiano triste, dividido o indiferente no refleja la alegría de Pascua. Cristo vive y eso cambia nuestra existencia.

    La Pascua no termina; continúa cada vez que: vencemos el odio con amor, respondemos al mal con bien, levantamos al que cae, y damos testimonio de esperanza.

    Hoy Jesús nos invita a confiar: “Yo sigo viviendo. Cristo Resucitado está presente. No somos huérfanos. El Espíritu Santo habita en nosotros y nos acompaña cada día. Pidamos en esta Eucaristía: un corazón fiel, una fe viva, y la fuerza para amar como Jesús nos ama.

V DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Del evangelio según san Juan.
 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre». Palabra del Señor.

    En este tiempo pascual, seguimos contemplando el misterio central de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Pero la liturgia de hoy nos lleva un paso más profundo. Ya no solo celebramos que Jesús vive, sino que escuchamos qué significa para nuestra vida concreta.

    El Evangelio nos presenta a Jesús en un momento íntimo con sus discípulos. Ellos están inquietos, confundidos, con miedo al futuro. Y Jesús les dice una frase que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros hoy: “No se turbe vuestro corazón.”

    ¿No es eso lo que necesitamos escuchar también hoy? Vivimos en un mundo lleno de incertidumbres: problemas personales, familiares, sociales… y muchas veces el corazón se nos llena de preocupación. Jesús no promete que todo será fácil, pero sí ofrece algo mucho más grande: su presencia como camino seguro.

    Luego viene una de las afirmaciones más fuertes del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”

    Jesús no dice “yo enseño el camino” o “yo muestro la verdad”. Dice: “Yo soy.” Esto cambia todo.

    Él es el Camino: porque no estamos perdidos. Seguir a Cristo es aprender a amar, a perdonar, a confiar. Él es la Verdad: en un mundo de confusión, Él revela quién es Dios: un Padre que ama sin media. Él es la Vida: no solo vida eterna al final, sino vida plena ya, aquí y ahora.

    El apóstol Tomás, con su sinceridad, expresa una duda muy humana: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Y Jesús responde mostrándonos que el camino no es un mapa, sino una relación: conocerle, confiar en Él, vivir como Él vivió.

    También Felipe pide: “Muéstranos al Padre”. Y Jesús responde algo impresionante: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

    Esto significa que cada gesto de Jesús —su compasión, su cercanía a los pobres, su entrega en la cruz— nos revela cómo es Dios. No es un Dios lejano, sino un Dios cercano, que camina con nosotros.

    En la primera lectura, vemos cómo la comunidad cristiana comienza a organizarse para servir mejor. Esto nos recuerda que seguir a Cristo no es solo creer, sino construir comunidad, cuidar a los demás, especialmente a los más necesitados.

    Y la segunda lectura nos dice que somos “piedras vivas”. Cada uno de nosotros forma parte de una construcción espiritual. No estamos solos: juntos formamos la Iglesia.

    En este V Domingo de Pascua, Jesús nos recuerda que no estamos solos ni perdidos. Él mismo es el camino que nos guía, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena.

    Pidámosle hoy: “Señor, enséñanos a confiar en ti, a seguirte cada día y a reflejar tu amor en el mundo.”

IV OMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Yo soy la puerta de las ovejas.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Palabra del Señor.

    En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos presenta a Jesús como el Buen Pastor y, de manera muy especial hoy, como la puerta. No es una imagen casual. Jesús no solo guía, no solo cuida… también es el acceso, el paso necesario hacia la vida verdadera.

    Cuando Él dice: “Yo soy la puerta”, está afirmando algo muy profundo: que nadie puede encontrar la vida plena si no es pasando por Él. En un mundo donde hay tantas “puertas” —éxito, dinero, poder, placer— Jesús nos advierte que muchas de ellas no conducen a la vida, sino al vacío.

    Cristo, en cambio, no engaña. Él no obliga. Él invita.

    La puerta que es Jesús está abierta, pero hay que decidir entrar.Entrar por Cristo significa: confiar en su palabra, vivir según su Evangelio, dejarse guiar como ovejas que reconocen la voz del pastor.

    Y aquí hay algo muy hermoso: Jesús dice que sus ovejas escuchan su voz. Esto implica una relación personal. No somos un número para Dios. Cada uno es conocido, llamado, amado.

    Pero también hay una advertencia clara: Jesús habla de ladrones y salteadores. Hoy también existen: voces que confunden, ideologías que vacían el corazón, caminos que prometen felicidad rápida pero dejan heridas profundas.

    Por eso, este domingo es una llamada a preguntarnos con sinceridad: ¿Qué voces estoy escuchando en mi vida?¿Reconozco la voz de Cristo? ¿Estoy entrando por la puerta que lleva a la vida?

    Jesús no solo ofrece salvación en el futuro, sino vida en abundancia ahora: una vida con sentido, con paz interior, con esperanza incluso en medio de las dificultades.

    Hoy también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un buen momento para pedir: por los pastores de la Iglesia, por nuevas vocaciones, y también para descubrir nuestra propia vocación, ese camino único por el que Dios nos llama a vivir en plenitud.

    Hermanos, no tengamos miedo de entrar por esa puerta. Cristo no quita nada… lo da todo. Que María, Madre del Buen Pastor, nos ayude a reconocer su voz y a seguirlo con confianza.

III DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Lo reconocieron al partir el pan.

Del evangelio según san Lucas.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra del Señor

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los relatos más hermosos y cercanos: el camino de Emaús. Dos discípulos caminan tristes, desanimados, con el corazón lleno de decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz parece haber acabado con todo.

    ¿No es también nuestra experiencia muchas veces? Caminamos con dudas, con problemas, con preguntas sin respuesta. Y como ellos, a veces pensamos que Dios no está, que no actúa, que todo ha terminado.

    Sin embargo, ocurre algo sorprendente: Jesús se acerca y camina con ellos, pero no lo reconocen. Esto es clave. Jesús está presente incluso cuando no lo vemos. Camina a nuestro lado en lo cotidiano, en nuestras luchas, en nuestras conversaciones.

    Primero, Jesús escucha. No interrumpe, no corrige de inmediato. Les deja expresar su tristeza. Esto nos enseña que Dios acoge nuestro dolor, nuestras dudas, incluso nuestras quejas.

    Después, Jesús explica las Escrituras. Les ayuda a entender que el sufrimiento no era el final, sino parte del camino. Poco a poco, algo cambia en ellos. Más adelante dirán:
"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?"

    Aquí hay una clave para nosotros: cuando escuchamos la Palabra de Dios con el corazón abierto, algo se enciende dentro. La fe no es solo entender con la cabeza, es sentir que Dios nos habla personalmente.

    Pero el momento decisivo llega en la fracción del pan. Cuando Jesús parte el pan, sus ojos se abren y lo reconocen. Es una clara referencia a la Eucaristía. Allí, en lo sencillo, en el gesto de compartir el pan, descubren que Él está vivo.

    Y entonces sucede algo hermoso: pasan de la tristeza a la misión. De la huida al regreso. De la oscuridad a la alegría. Se levantan inmediatamente y vuelven a Jerusalén a anunciar:
"¡Hemos visto al Señor!"

    Hoy se nos invita a hacer nuestro propio camino de Emaús. A dejar que Jesús se acerque, que nos hable, que encienda nuestro corazón. Y sobre todo, a reconocerlo en la Eucaristía.

    Porque cuando realmente lo encontramos, ya no podemos quedarnos quietos. Necesitamos anunciarlo.

    Que también nosotros podamos decir con alegría:
    “¡Es verdad, el Señor ha resucitado!”

II DOMINO DE PASCUA.CICLO A

 


A los ocho días llegó Jesús.

Del evangelio según san Juan.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Palabra del Señor.

    Hoy el evangelio que hemos escuchado nos presenta uno de los pasajes más conocidos y profundos del Evangelio: el encuentro de Jesucristo resucitado con sus discípulos, y en particular con Tomás el Apóstol.

    Los discípulos están encerrados, llenos de miedo. Han visto morir a Jesús y temen correr la misma suerte. Y en medio de ese miedo, Jesús se hace presente y lo primero que dice es: “Paz a vosotros”. No llega con reproches, no llega con ira… llega con paz.

    Esto ya nos dice algo importante: Dios no viene a condenarnos, viene a restaurarnos.

    Pero luego aparece Tomás, que no estaba presente. Y cuando los demás le dicen que han visto al Señor, él responde con dudas. No puede creer sin ver, sin tocar.

    ¿No nos pasa lo mismo muchas veces? Queremos pruebas, seguridades, evidencias claras de que Dios está presente. En medio del dolor, de la enfermedad, de los problemas, a veces decimos: “Si de verdad estás ahí, Señor, muéstrate.”

    Y lo impresionante es que Jesús no rechaza a Tomás. Ocho días después vuelve… solo por él. Se acerca a su duda, no la desprecia.

    Le dice: “Trae tu dedo… mira mis manos… no seas incrédulo, sino creyente.”

    Jesús no elimina las heridas de la cruz. Las conserva. Porque esas heridas ahora son signo de amor, no de derrota. Y entonces Tomás hace una de las confesiones más hermosas de toda la Biblia:

    “Señor mío y Dios mío.”

    No solo cree… se entrega.

    Hoy al igual que entonces, Dios entra incluso en nuestras puertas cerradas, aunque estemos llenos de miedo, dudas o pecado Jesús sigue viniendo. No necesita que todo esté perfecto.

    La duda no es el final de la fe, como Tomás, podemos dudar..., pero si buscamos sinceramente, Dios se deja encontrar. Las heridas también pueden ser lugar de encuentro con Dios. Nuestras heridas, bien vividas, pueden transformarse en fuente de fe y de misericordia.

DOMINGO DE RESURRECCION

 


Él había de resucitar de entre los muertos.

Del evangelio según san Juan.
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

    Hoy celebramos el día más grande de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Y el Evangelio que acabamos de escuchar no nos presenta una aparición gloriosa, sino algo sorprendente: un sepulcro vacío.

    Todo comienza en la oscuridad. María Magdalena va al sepulcro “cuando aún estaba oscuro”. Así estaba también su corazón: lleno de dolor, de tristeza, de desconcierto. Porque cuando Jesús muere, parece que todo ha terminado.

    Pero precisamente ahí, en medio de la oscuridad, comienza la Pascua.

    La piedra está removida. El sepulcro está vacío. Y esto desconcierta. María corre, Pedro corre, el discípulo amado corre. Hay prisa, hay inquietud, hay búsqueda.

    Porque cuando algo de Dios ocurre, no nos deja tranquilos.

    Pedro entra al sepulcro y ve las vendas en el suelo. El discípulo amado entra después, ve… y cree. Ese es el gran salto de la Pascua: pasar de ver a creer.

    Porque, en realidad, no han visto todavía a Jesús resucitado. Solo han visto signos. Pero esos signos, leídos con amor, despiertan la fe.

    Esto también nos pasa a nosotros. Muchas veces queremos ver para creer, tener pruebas claras, seguridades absolutas. Pero Dios actúa de forma distinta: se hace presente en lo sencillo, en lo cotidiano, en signos humildes.

    La tumba vacía nos dice algo muy claro: la muerte no tiene la última palabra. El pecado no tiene la última palabra. El dolor no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios… y es una palabra de vida.

    Por eso hoy no es solo un recuerdo. No celebramos algo que pasó hace dos mil años. Celebramos que Cristo está vivo hoy. Que sigue venciendo la muerte en nuestras vidas. Cada vez que alguien perdona, Cristo resucita. Cada vez que alguien vuelve a empezar, Cristo resucita. Cada vez que el amor vence al odio, Cristo resucita.

    Quizá nosotros también llegamos hoy con nuestras propias oscuridades, con nuestras dudas, con nuestras “tumbas”: situaciones que parecen cerradas, heridas que parecen definitivas.

    La Pascua nos dice: Dios puede abrir esas tumbas.

   Y tal vez no lo entendamos todo, como tampoco lo entendieron los discípulos en ese momento. Pero estamos llamados a dar ese paso: ver… y creer.

    Hoy la Iglesia entera proclama con alegría: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

    Y esa es la noticia que cambia todo. Vivamos como resucitados. No como personas derrotadas, no como quienes viven sin esperanza, sino como quienes saben que la vida ha vencido.

DOMINGO DE RAMOS. CICLO A

 

  Bendito el que viene en nombre del Señor.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles:
«Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sion:
«Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una borrica,
en un pollino, hijo de acémila»».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡«Hosanna» al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡«Hosanna» en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando:
«¿Quién es este?».
La multitud contestaba:
«Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». Palabra del Señor.

    Hoy contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. No llega como un rey poderoso montado en un caballo de guerra, sino sobre un asno. Este detalle no es casual: nos revela el estilo de Dios. Dios no impone, no aplasta, no domina… Dios viene con humildad.

    La multitud lo aclama: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Extienden mantos, cortan ramas, celebran. Pero sabemos algo que ellos aún no comprenden del todo: ese mismo pueblo que hoy grita “¡Hosanna!”, días después gritará “¡Crucifícalo!”.

    Esto nos invita a mirarnos a nosotros mismos: ¿Cuántas veces también nosotros acogemos a Jesús con entusiasmo… pero solo cuando todo va bien? ¿Y cuando nos pide cambio, sacrificio o fidelidad, seguimos a su lado?

    Jesús entra en Jerusalén, pero sobre todo quiere entrar en nuestro corazón. No viene con violencia, sino con mansedumbre. No obliga: propone. No grita: llama.

    El asno sobre el que cabalga es símbolo de sencillez. Dios elige lo pequeño para manifestar lo grande. Esto nos enseña que no necesitamos grandeza externa para seguir a Cristo; basta un corazón disponible.

    La ciudad se conmueve y pregunta: “¿Quién es este?”. Esa pregunta sigue siendo actual. Hoy también el mundo pregunta: ¿Quién es Jesús? Y la respuesta no debe ser solo palabras, sino vida: Jesús es Aquel que trae paz en medio del caos, sentido en medio del vacío, amor en medio del egoísmo.

    Pero hay algo clave: Jesús no entra solo en Jerusalén… entra para dar su vida. Su camino es la cruz. Y eso redefine completamente lo que significa ser Rey: no es el que manda, sino el que se entrega. Abramos el corazón a Jesús, no solo en momentos de emoción, sino también en la dificultad. Acojamos su estilo de humildad en un mundo que busca poder y apariencia. Seamos también nosotros portadores de paz y sencillez.

    Hoy Jesús pasa por nuestra vida. No viene con ruido, viene en silencio. Dejemos que entre en nuestra vida y acojámoslo como hoy lo haran los niños, con palmas y canticos, y pensad en la Escritura si no lo hacemos nosotros lo harían las piedras.

V DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 Yo soy la resurrección y la vida.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor
    Este domingo contemplamos uno de los pasajes más conmovedores del Evangelio: la resurrección de Lázaro. No es solo un milagro más, es un signo decisivo que nos prepara para entender lo que celebraremos en la Pascua: que Jesús es Señor de la vida.

    Jesús no es indiferente al dolor humano. El Evangelio nos muestra algo profundamente humano: Jesús llora. Ante la muerte de su amigo, no se muestra distante ni frío. Se conmueve, sufre, comparte el dolor. Esto nos dice algo muy importante: Dios no es ajeno a nuestras lágrimas, en nuestras pérdidas, en nuestros duelos, en nuestras crisis… Dios está presente.

    Hoy también Jesús se acerca a nuestros sepulcros. Todos tenemos “sepulcros”. Lázaro estaba muerto y sepultado desde hacía cuatro días. Humanamente, ya no había esperanza.

    También nosotros tenemos “sepulcros”: Situaciones que parecen sin solución, pecados que nos atan, heridas que no sanan, falta de fe o de sentido. A veces pensamos: “esto ya no tiene arreglo”. Pero ahí entra Jesús.

    Hoy nos dice Jesús “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús no dice “yo doy vida”, sino: “Yo soy la vida”. Esto cambia todo. La fe cristiana no es solo una idea o una moral, es una relación con alguien vivo. Y luego viene el momento clave: “¡Lázaro, sal fuera!” La voz de Cristo rompe la muerte. Donde todo parecía terminado, comienza algo nuevo.

    Desatar y dejar caminar. Después de que Lázaro sale, Jesús dice: “Desatadlo y dejadlo andar”.No basta con salir del sepulcro. Hay que quitar las ataduras.También nosotros, aunque hemos recibido vida nueva: seguimos atados por miedos, por rencores, por hábitos que nos esclavizan. Jesús quiere liberarnos completamente.

    Este Evangelio nos deja tres llamadas muy concretas: Creer, confiar en Jesús incluso cuando todo parece perdido. Esperar, Dios puede dar vida donde solo vemos muerte. Salir, dejar atrás lo que nos encierra y caminar en libertad.

    Estamos ya a las puertas de la Semana Santa. Hoy Jesús nos pregunta, como a Marta: “¿Crees esto?”. Que nuestra respuesta no sea solo con palabras, sino con la vida. Que dejemos que Cristo entre en nuestros sepulcros… y escuchemos su voz que nos dice: “Sal fuera” y así poder vivir en plenitud la vida en Cristo.