SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR. CICLO A

 


Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Palabra del Señor.
   Hoy celebramos la gran solemnidad de la Ascensión del Señor. No es la despedida triste de Jesús, sino el cumplimiento glorioso de su misión y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
    Los discípulos contemplan cómo Cristo asciende al cielo. Humanamente podrían sentirse solos, confundidos o abandonados. Pero el Señor les dice: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Ahí está la clave de esta fiesta: Jesús no se aleja; cambia su manera de estar presente.
    Cristo asciende al Padre llevando consigo nuestra humanidad. Él abre para nosotros el camino del cielo. La Ascensión nos recuerda que nuestra meta no es quedarnos encerrados en lo material o pasajero, sino vivir orientados hacia Dios. Muchas veces vivimos absorbidos por preocupaciones, prisas, problemas y miedos. Sin embargo, hoy la liturgia nos invita a levantar la mirada.
    Los ángeles dicen a los apóstoles: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Es decir: no os quedéis paralizados. El Señor os envía al mundo. La Ascensión no es evasión, sino misión.
    Antes de subir al cielo, Jesús da un mandato claro: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. La Iglesia existe para evangelizar. Cada bautizado es enviado. No solo los sacerdotes o religiosos; también los padres de familia, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores. Todos estamos llamados a anunciar a Cristo con la palabra y con la vida.
    Y Jesús promete una fuerza: el Espíritu Santo. Los apóstoles eran débiles y tenían miedo, pero cuando recibieron el Espíritu se convirtieron en testigos valientes. También nosotros necesitamos esa fuerza para vivir la fe en medio de un mundo que muchas veces vive como si Dios no existiera.
    La Ascensión también nos llena de esperanza. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Él está glorificado y nos prepara un lugar. Nuestra vida tiene un destino eterno. Por eso el cristiano no vive derrotado ni sin sentido. Aunque existan cruces, sufrimientos y dificultades, sabemos hacia dónde caminamos.
    Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que acompañó a los apóstoles en la espera del Espíritu Santo, que también nosotros vivamos con fe, esperanza y alegría esta misión cristiana.

VI DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». Palabra del Señor

    En este VI Domingo de Pascua, Jesús nos habla al corazón con palabras llenas de ternura y esperanza: “Si me amáis, cumplirñeis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos”.

    Estas palabras fueron dichas en la Última Cena. Jesús sabe que sus discípulos sienten miedo ante su partida. También nosotros muchas veces vivimos con incertidumbre, soledad, cansancio espiritual o dudas. Pero el Señor nos promete algo maravilloso: no estamos solos. Él nos regala su Espíritu.

    El amor de Jesús se demuestra en la vida. El cristianismo no es solo sentimiento ni costumbre. Amar a Cristo significa vivir como Él vivió: perdonar servir, ayudar, ser honestos, defender la verdad, amar incluso cuando cuesta.

    Muchas veces decimos que creemos en Dios, pero el Evangelio nos pregunta: ¿Se nota en nuestra manera de vivir?. El verdadero discípulo no solo habla de amor; lo practica en casa, en el trabajo, en la familia y con los más necesitados.

    “No los dejaré huérfanos” Qué hermosa promesa. Jesús conoce nuestras fragilidades. Hay momentos en que nos sentimos abandonados, incomprendidos o desanimados. Sin embargo, Cristo Resucitado permanece con nosotros.

    Él envía al Espíritu Santo, el “Defensor”, que: nos fortalece, nos consuela, nos guía, y nos recuerda que somos hijos de Dios. El Espíritu Santo actúa silenciosamente: cuando recuperamos la paz, cuando nace el deseo de orar, cuando encontramos fuerza para seguir adelante, cuando elegimos el bien sobre el egoísmo. Aunque no lo veamos, Dios sigue caminando con nosotros.

    Un cristiano que transmite esperanza. El mundo necesita personas llenas del Espíritu: familias que vivan el amor, jóvenes con fe, adultos coherentes, comunidades unidas. Un cristiano triste, dividido o indiferente no refleja la alegría de Pascua. Cristo vive y eso cambia nuestra existencia.

    La Pascua no termina; continúa cada vez que: vencemos el odio con amor, respondemos al mal con bien, levantamos al que cae, y damos testimonio de esperanza.

    Hoy Jesús nos invita a confiar: “Yo sigo viviendo. Cristo Resucitado está presente. No somos huérfanos. El Espíritu Santo habita en nosotros y nos acompaña cada día. Pidamos en esta Eucaristía: un corazón fiel, una fe viva, y la fuerza para amar como Jesús nos ama.

V DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Del evangelio según san Juan.
 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre». Palabra del Señor.

    En este tiempo pascual, seguimos contemplando el misterio central de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Pero la liturgia de hoy nos lleva un paso más profundo. Ya no solo celebramos que Jesús vive, sino que escuchamos qué significa para nuestra vida concreta.

    El Evangelio nos presenta a Jesús en un momento íntimo con sus discípulos. Ellos están inquietos, confundidos, con miedo al futuro. Y Jesús les dice una frase que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros hoy: “No se turbe vuestro corazón.”

    ¿No es eso lo que necesitamos escuchar también hoy? Vivimos en un mundo lleno de incertidumbres: problemas personales, familiares, sociales… y muchas veces el corazón se nos llena de preocupación. Jesús no promete que todo será fácil, pero sí ofrece algo mucho más grande: su presencia como camino seguro.

    Luego viene una de las afirmaciones más fuertes del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”

    Jesús no dice “yo enseño el camino” o “yo muestro la verdad”. Dice: “Yo soy.” Esto cambia todo.

    Él es el Camino: porque no estamos perdidos. Seguir a Cristo es aprender a amar, a perdonar, a confiar. Él es la Verdad: en un mundo de confusión, Él revela quién es Dios: un Padre que ama sin media. Él es la Vida: no solo vida eterna al final, sino vida plena ya, aquí y ahora.

    El apóstol Tomás, con su sinceridad, expresa una duda muy humana: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Y Jesús responde mostrándonos que el camino no es un mapa, sino una relación: conocerle, confiar en Él, vivir como Él vivió.

    También Felipe pide: “Muéstranos al Padre”. Y Jesús responde algo impresionante: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

    Esto significa que cada gesto de Jesús —su compasión, su cercanía a los pobres, su entrega en la cruz— nos revela cómo es Dios. No es un Dios lejano, sino un Dios cercano, que camina con nosotros.

    En la primera lectura, vemos cómo la comunidad cristiana comienza a organizarse para servir mejor. Esto nos recuerda que seguir a Cristo no es solo creer, sino construir comunidad, cuidar a los demás, especialmente a los más necesitados.

    Y la segunda lectura nos dice que somos “piedras vivas”. Cada uno de nosotros forma parte de una construcción espiritual. No estamos solos: juntos formamos la Iglesia.

    En este V Domingo de Pascua, Jesús nos recuerda que no estamos solos ni perdidos. Él mismo es el camino que nos guía, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena.

    Pidámosle hoy: “Señor, enséñanos a confiar en ti, a seguirte cada día y a reflejar tu amor en el mundo.”

IV OMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Yo soy la puerta de las ovejas.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Palabra del Señor.

    En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos presenta a Jesús como el Buen Pastor y, de manera muy especial hoy, como la puerta. No es una imagen casual. Jesús no solo guía, no solo cuida… también es el acceso, el paso necesario hacia la vida verdadera.

    Cuando Él dice: “Yo soy la puerta”, está afirmando algo muy profundo: que nadie puede encontrar la vida plena si no es pasando por Él. En un mundo donde hay tantas “puertas” —éxito, dinero, poder, placer— Jesús nos advierte que muchas de ellas no conducen a la vida, sino al vacío.

    Cristo, en cambio, no engaña. Él no obliga. Él invita.

    La puerta que es Jesús está abierta, pero hay que decidir entrar.Entrar por Cristo significa: confiar en su palabra, vivir según su Evangelio, dejarse guiar como ovejas que reconocen la voz del pastor.

    Y aquí hay algo muy hermoso: Jesús dice que sus ovejas escuchan su voz. Esto implica una relación personal. No somos un número para Dios. Cada uno es conocido, llamado, amado.

    Pero también hay una advertencia clara: Jesús habla de ladrones y salteadores. Hoy también existen: voces que confunden, ideologías que vacían el corazón, caminos que prometen felicidad rápida pero dejan heridas profundas.

    Por eso, este domingo es una llamada a preguntarnos con sinceridad: ¿Qué voces estoy escuchando en mi vida?¿Reconozco la voz de Cristo? ¿Estoy entrando por la puerta que lleva a la vida?

    Jesús no solo ofrece salvación en el futuro, sino vida en abundancia ahora: una vida con sentido, con paz interior, con esperanza incluso en medio de las dificultades.

    Hoy también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un buen momento para pedir: por los pastores de la Iglesia, por nuevas vocaciones, y también para descubrir nuestra propia vocación, ese camino único por el que Dios nos llama a vivir en plenitud.

    Hermanos, no tengamos miedo de entrar por esa puerta. Cristo no quita nada… lo da todo. Que María, Madre del Buen Pastor, nos ayude a reconocer su voz y a seguirlo con confianza.

III DOMINGO DE PASCUA. CICLO A

 


Lo reconocieron al partir el pan.

Del evangelio según san Lucas.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra del Señor

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los relatos más hermosos y cercanos: el camino de Emaús. Dos discípulos caminan tristes, desanimados, con el corazón lleno de decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz parece haber acabado con todo.

    ¿No es también nuestra experiencia muchas veces? Caminamos con dudas, con problemas, con preguntas sin respuesta. Y como ellos, a veces pensamos que Dios no está, que no actúa, que todo ha terminado.

    Sin embargo, ocurre algo sorprendente: Jesús se acerca y camina con ellos, pero no lo reconocen. Esto es clave. Jesús está presente incluso cuando no lo vemos. Camina a nuestro lado en lo cotidiano, en nuestras luchas, en nuestras conversaciones.

    Primero, Jesús escucha. No interrumpe, no corrige de inmediato. Les deja expresar su tristeza. Esto nos enseña que Dios acoge nuestro dolor, nuestras dudas, incluso nuestras quejas.

    Después, Jesús explica las Escrituras. Les ayuda a entender que el sufrimiento no era el final, sino parte del camino. Poco a poco, algo cambia en ellos. Más adelante dirán:
"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?"

    Aquí hay una clave para nosotros: cuando escuchamos la Palabra de Dios con el corazón abierto, algo se enciende dentro. La fe no es solo entender con la cabeza, es sentir que Dios nos habla personalmente.

    Pero el momento decisivo llega en la fracción del pan. Cuando Jesús parte el pan, sus ojos se abren y lo reconocen. Es una clara referencia a la Eucaristía. Allí, en lo sencillo, en el gesto de compartir el pan, descubren que Él está vivo.

    Y entonces sucede algo hermoso: pasan de la tristeza a la misión. De la huida al regreso. De la oscuridad a la alegría. Se levantan inmediatamente y vuelven a Jerusalén a anunciar:
"¡Hemos visto al Señor!"

    Hoy se nos invita a hacer nuestro propio camino de Emaús. A dejar que Jesús se acerque, que nos hable, que encienda nuestro corazón. Y sobre todo, a reconocerlo en la Eucaristía.

    Porque cuando realmente lo encontramos, ya no podemos quedarnos quietos. Necesitamos anunciarlo.

    Que también nosotros podamos decir con alegría:
    “¡Es verdad, el Señor ha resucitado!”

II DOMINO DE PASCUA.CICLO A

 


A los ocho días llegó Jesús.

Del evangelio según san Juan.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Palabra del Señor.

    Hoy el evangelio que hemos escuchado nos presenta uno de los pasajes más conocidos y profundos del Evangelio: el encuentro de Jesucristo resucitado con sus discípulos, y en particular con Tomás el Apóstol.

    Los discípulos están encerrados, llenos de miedo. Han visto morir a Jesús y temen correr la misma suerte. Y en medio de ese miedo, Jesús se hace presente y lo primero que dice es: “Paz a vosotros”. No llega con reproches, no llega con ira… llega con paz.

    Esto ya nos dice algo importante: Dios no viene a condenarnos, viene a restaurarnos.

    Pero luego aparece Tomás, que no estaba presente. Y cuando los demás le dicen que han visto al Señor, él responde con dudas. No puede creer sin ver, sin tocar.

    ¿No nos pasa lo mismo muchas veces? Queremos pruebas, seguridades, evidencias claras de que Dios está presente. En medio del dolor, de la enfermedad, de los problemas, a veces decimos: “Si de verdad estás ahí, Señor, muéstrate.”

    Y lo impresionante es que Jesús no rechaza a Tomás. Ocho días después vuelve… solo por él. Se acerca a su duda, no la desprecia.

    Le dice: “Trae tu dedo… mira mis manos… no seas incrédulo, sino creyente.”

    Jesús no elimina las heridas de la cruz. Las conserva. Porque esas heridas ahora son signo de amor, no de derrota. Y entonces Tomás hace una de las confesiones más hermosas de toda la Biblia:

    “Señor mío y Dios mío.”

    No solo cree… se entrega.

    Hoy al igual que entonces, Dios entra incluso en nuestras puertas cerradas, aunque estemos llenos de miedo, dudas o pecado Jesús sigue viniendo. No necesita que todo esté perfecto.

    La duda no es el final de la fe, como Tomás, podemos dudar..., pero si buscamos sinceramente, Dios se deja encontrar. Las heridas también pueden ser lugar de encuentro con Dios. Nuestras heridas, bien vividas, pueden transformarse en fuente de fe y de misericordia.

DOMINGO DE RESURRECCION

 


Él había de resucitar de entre los muertos.

Del evangelio según san Juan.
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

    Hoy celebramos el día más grande de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Y el Evangelio que acabamos de escuchar no nos presenta una aparición gloriosa, sino algo sorprendente: un sepulcro vacío.

    Todo comienza en la oscuridad. María Magdalena va al sepulcro “cuando aún estaba oscuro”. Así estaba también su corazón: lleno de dolor, de tristeza, de desconcierto. Porque cuando Jesús muere, parece que todo ha terminado.

    Pero precisamente ahí, en medio de la oscuridad, comienza la Pascua.

    La piedra está removida. El sepulcro está vacío. Y esto desconcierta. María corre, Pedro corre, el discípulo amado corre. Hay prisa, hay inquietud, hay búsqueda.

    Porque cuando algo de Dios ocurre, no nos deja tranquilos.

    Pedro entra al sepulcro y ve las vendas en el suelo. El discípulo amado entra después, ve… y cree. Ese es el gran salto de la Pascua: pasar de ver a creer.

    Porque, en realidad, no han visto todavía a Jesús resucitado. Solo han visto signos. Pero esos signos, leídos con amor, despiertan la fe.

    Esto también nos pasa a nosotros. Muchas veces queremos ver para creer, tener pruebas claras, seguridades absolutas. Pero Dios actúa de forma distinta: se hace presente en lo sencillo, en lo cotidiano, en signos humildes.

    La tumba vacía nos dice algo muy claro: la muerte no tiene la última palabra. El pecado no tiene la última palabra. El dolor no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios… y es una palabra de vida.

    Por eso hoy no es solo un recuerdo. No celebramos algo que pasó hace dos mil años. Celebramos que Cristo está vivo hoy. Que sigue venciendo la muerte en nuestras vidas. Cada vez que alguien perdona, Cristo resucita. Cada vez que alguien vuelve a empezar, Cristo resucita. Cada vez que el amor vence al odio, Cristo resucita.

    Quizá nosotros también llegamos hoy con nuestras propias oscuridades, con nuestras dudas, con nuestras “tumbas”: situaciones que parecen cerradas, heridas que parecen definitivas.

    La Pascua nos dice: Dios puede abrir esas tumbas.

   Y tal vez no lo entendamos todo, como tampoco lo entendieron los discípulos en ese momento. Pero estamos llamados a dar ese paso: ver… y creer.

    Hoy la Iglesia entera proclama con alegría: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

    Y esa es la noticia que cambia todo. Vivamos como resucitados. No como personas derrotadas, no como quienes viven sin esperanza, sino como quienes saben que la vida ha vencido.

DOMINGO DE RAMOS. CICLO A

 

  Bendito el que viene en nombre del Señor.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles:
«Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sion:
«Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una borrica,
en un pollino, hijo de acémila»».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡«Hosanna» al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡«Hosanna» en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando:
«¿Quién es este?».
La multitud contestaba:
«Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». Palabra del Señor.

    Hoy contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. No llega como un rey poderoso montado en un caballo de guerra, sino sobre un asno. Este detalle no es casual: nos revela el estilo de Dios. Dios no impone, no aplasta, no domina… Dios viene con humildad.

    La multitud lo aclama: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Extienden mantos, cortan ramas, celebran. Pero sabemos algo que ellos aún no comprenden del todo: ese mismo pueblo que hoy grita “¡Hosanna!”, días después gritará “¡Crucifícalo!”.

    Esto nos invita a mirarnos a nosotros mismos: ¿Cuántas veces también nosotros acogemos a Jesús con entusiasmo… pero solo cuando todo va bien? ¿Y cuando nos pide cambio, sacrificio o fidelidad, seguimos a su lado?

    Jesús entra en Jerusalén, pero sobre todo quiere entrar en nuestro corazón. No viene con violencia, sino con mansedumbre. No obliga: propone. No grita: llama.

    El asno sobre el que cabalga es símbolo de sencillez. Dios elige lo pequeño para manifestar lo grande. Esto nos enseña que no necesitamos grandeza externa para seguir a Cristo; basta un corazón disponible.

    La ciudad se conmueve y pregunta: “¿Quién es este?”. Esa pregunta sigue siendo actual. Hoy también el mundo pregunta: ¿Quién es Jesús? Y la respuesta no debe ser solo palabras, sino vida: Jesús es Aquel que trae paz en medio del caos, sentido en medio del vacío, amor en medio del egoísmo.

    Pero hay algo clave: Jesús no entra solo en Jerusalén… entra para dar su vida. Su camino es la cruz. Y eso redefine completamente lo que significa ser Rey: no es el que manda, sino el que se entrega. Abramos el corazón a Jesús, no solo en momentos de emoción, sino también en la dificultad. Acojamos su estilo de humildad en un mundo que busca poder y apariencia. Seamos también nosotros portadores de paz y sencillez.

    Hoy Jesús pasa por nuestra vida. No viene con ruido, viene en silencio. Dejemos que entre en nuestra vida y acojámoslo como hoy lo haran los niños, con palmas y canticos, y pensad en la Escritura si no lo hacemos nosotros lo harían las piedras.

V DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 Yo soy la resurrección y la vida.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor
    Este domingo contemplamos uno de los pasajes más conmovedores del Evangelio: la resurrección de Lázaro. No es solo un milagro más, es un signo decisivo que nos prepara para entender lo que celebraremos en la Pascua: que Jesús es Señor de la vida.

    Jesús no es indiferente al dolor humano. El Evangelio nos muestra algo profundamente humano: Jesús llora. Ante la muerte de su amigo, no se muestra distante ni frío. Se conmueve, sufre, comparte el dolor. Esto nos dice algo muy importante: Dios no es ajeno a nuestras lágrimas, en nuestras pérdidas, en nuestros duelos, en nuestras crisis… Dios está presente.

    Hoy también Jesús se acerca a nuestros sepulcros. Todos tenemos “sepulcros”. Lázaro estaba muerto y sepultado desde hacía cuatro días. Humanamente, ya no había esperanza.

    También nosotros tenemos “sepulcros”: Situaciones que parecen sin solución, pecados que nos atan, heridas que no sanan, falta de fe o de sentido. A veces pensamos: “esto ya no tiene arreglo”. Pero ahí entra Jesús.

    Hoy nos dice Jesús “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús no dice “yo doy vida”, sino: “Yo soy la vida”. Esto cambia todo. La fe cristiana no es solo una idea o una moral, es una relación con alguien vivo. Y luego viene el momento clave: “¡Lázaro, sal fuera!” La voz de Cristo rompe la muerte. Donde todo parecía terminado, comienza algo nuevo.

    Desatar y dejar caminar. Después de que Lázaro sale, Jesús dice: “Desatadlo y dejadlo andar”.No basta con salir del sepulcro. Hay que quitar las ataduras.También nosotros, aunque hemos recibido vida nueva: seguimos atados por miedos, por rencores, por hábitos que nos esclavizan. Jesús quiere liberarnos completamente.

    Este Evangelio nos deja tres llamadas muy concretas: Creer, confiar en Jesús incluso cuando todo parece perdido. Esperar, Dios puede dar vida donde solo vemos muerte. Salir, dejar atrás lo que nos encierra y caminar en libertad.

    Estamos ya a las puertas de la Semana Santa. Hoy Jesús nos pregunta, como a Marta: “¿Crees esto?”. Que nuestra respuesta no sea solo con palabras, sino con la vida. Que dejemos que Cristo entre en nuestros sepulcros… y escuchemos su voz que nos dice: “Sal fuera” y así poder vivir en plenitud la vida en Cristo.


IV DOMINGO DE CUARESMA

 


Él fue, se lavó, y volvió con vista.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Y escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
Él respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él. Palabra del Señor

    En este cuarto domingo de Cuaresma la liturgia nos habla de la luz y de la verdadera visión. No se trata solamente de ver con los ojos del cuerpo, sino de ver con el corazón.

    En el Evangelio de hoy, tomado del Evangelio según San Juan, encontramos a un ciego de nacimiento. Este hombre nunca había visto la luz. Vivía en la oscuridad total. Sin embargo, cuando se encuentra con Jesús, ocurre algo extraordinario: recibe la vista.

    Pero el Evangelio nos muestra algo todavía más profundo.    Los que creían ver —los fariseos— en realidad estaban ciegos espiritualmente. Y el que era ciego termina viendo no solo con los ojos, sino con la fe. Jesús nos enseña algo muy importante: La peor ceguera no es la del cuerpo, sino la del corazón.

    En la primera lectura del Primer Libro de Samuel, Dios envía al profeta Samuel a elegir un rey. Samuel se fija en la apariencia de los hijos de Jesé, pero Dios le dice una frase muy profunda: “El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.”

    Y así, el elegido es David, el más pequeño, el que nadie esperaba. Esto nos recuerda algo muy importante: Dios no nos juzga por lo que aparentamos, sino por lo que somos realmente en nuestro interior.

    En el Evangelio, Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo.” Cuando Jesús entra en la vida de aquel ciego, todo cambia. Primero recibe la vista, pero luego hace algo todavía más importante: reconoce a Jesús y cree en Él. La fe es precisamente eso: dejar que Cristo ilumine nuestra vida.

    Muchas veces caminamos en la oscuridad: oscuridad del egoísmo, oscuridad del pecado, oscuridad de la falta de fe, oscuridad del miedo. Pero cuando dejamos entrar a Cristo, todo empieza a tener sentido.

    San Pablo dice en la segunda lectura de la Carta a los Efesios: “Antes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor.” La Cuaresma es precisamente un camino de conversión, un paso: de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la fe.

    El ciego del Evangelio hace un camino muy hermoso. Poco a poco va descubriendo quién es Jesús: Primero lo llama “ese hombre llamado Jesús”. Luego dice “es un profeta”. Finalmente proclama: “Creo, Señor”

    Así también crece nuestra fe: poco a poco, cuando nos encontramos realmente con Cristo.En este domingo la Iglesia nos invita a pedir una gracia muy concreta: Señor, abre nuestros ojos. Que podamos: ver la verdad, ver el bien, ver a Dios en nuestra vida,y ver a los demás con amor. Que esta Cuaresma sea para nosotros un camino de la ceguera a la luz, y que Cristo ilumine siempre nuestro corazón. 

III DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 


Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo». Palabra del Señor.
    El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús cansado, sentado junto al pozo. Allí llega una mujer samaritana a sacar agua. Es un encuentro sencillo, cotidiano, pero que cambia completamente la vida de esa mujer.
    Jesús le dice: “Dame de beber.”

    El Señor, que es la fuente del agua viva, se muestra necesitado. Esto nos enseña algo profundo: Dios toma la iniciativa para encontrarse con nosotros, incluso en los momentos ordinarios de la vida. Muchas veces nosotros también llegamos al “pozo” con nuestras propias necesidades: cansancio, problemas, pecados, dudas o búsquedas interiores. Y ahí está Cristo, esperándonos.

    Jesús le promete a la mujer algo sorprendente:

“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed.”

    No se trata de agua material. Jesús habla de la vida nueva que Él da, del Espíritu Santo que llena el corazón humano.

    El mundo ofrece muchas “aguas” que parecen saciar la sed: dinero, éxito, placer, reconocimiento. Pero esas aguas muchas veces dejan al corazón más vacío.

    Solo Cristo puede dar el agua viva que realmente sacia: la paz interior, el perdón, la alegría verdadera, el sentido de la vida.

    Durante el diálogo, Jesús revela que conoce la vida de la mujer. No la juzga ni la humilla; simplemente la mira con verdad y misericordia. Esto es muy importante para nosotros: Dios conoce nuestra historia completa, nuestras heridas, errores, pecados y aun así nos busca.

    La samaritana pasa de la desconfianza a la fe. Primero ve a Jesús como un judío, luego como un profeta, y finalmente reconoce que puede ser el Mesías.

    El Evangelio termina con algo hermoso: la mujer deja su cántaro, corre al pueblo y anuncia a todos: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.”

    La que llegó sola y con vergüenza se convierte en anunciadora de Cristo. Este es el camino de todo cristiano: quien se encuentra de verdad con Jesús no puede quedarse callado.

    La Cuaresma es precisamente ese camino hacia el pozo donde Cristo nos espera. Hoy el Señor también nos dice: Dame de beber, dame tu corazón. Te daré agua viva te daré una vida nueva.

    Hoy Jesús nos invita a: encontrarnos con Él, a renovar nuestra oración, a dejar algo que nos está secando el alma.

    Como la samaritana, acerquémonos a Jesús con sinceridad. Si bebemos del agua que Él nos ofrece, nuestro corazón ya no tendrá sed. Y entonces también nosotros podremos decir a otros: “He encontrado a Cristo.”

II DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 


Su rostro resplandecía como el sol.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se Ies aparecieron Moisés y Elias conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elias».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Palabra del Señor

    El domingo pasado comenzábamos la Cuaresma viendo a Jesús en el desierto, enfrentando la tentación. Hoy la liturgia nos lleva a un lugar muy distinto: un monte lleno de luz, donde contemplamos la Transfiguración de Jesucristo.

    Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y sube a un monte alto, tradicionalmente identificado con el Monte TaborSubir al monte significa salir del ruido cotidiano.También nosotros vivimos rodeados de preocupaciones: prisas, problemas familiares, incertidumbres, cansancio interior.

    La Cuaresma es precisamente eso: una invitación a subir al monte, a buscar momentos de oración, silencio y encuentro con Dios. Porque quien no se detiene ante Dios, termina perdiendo el sentido del camino.

    Jesús muestra su verdadera identidad. En el monte, Jesús se transfigura: su rostro brilla, sus vestidos resplandecen, y los discípulos descubren algo fundamental: aquel Maestro sencillo es realmente el Hijo de Dios.

    ¿Por qué ocurre esto? Porque Jesús sabe que los discípulos pronto verán la cruz, el sufrimiento y el fracaso aparente. Antes de la oscuridad, Dios les regala una experiencia de luz para sostener su fe. También nosotros necesitamos momentos de luz: una oración que nos toca, una reconciliación, una Eucaristía vivida con profundidad, una certeza interior de que Dios está cerca. Esos momentos son nuestras “transfiguraciones”.

    Desde la nube se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo.» No dice: admiradlo. No dice: hablad mucho de Él. Dice: escuchadlo. Escuchar a Cristo significa: perdonar cuando cuesta, amar cuando no apetece, confiar cuando hay miedo, seguirle incluso cuando no entendemos. La fe cristiana no es solo emoción; es obediencia confiada.

    Pedro quiere quedarse allí: «Señor, ¡qué bien se está aquí!». Nos pasa igual. Queremos una fe cómoda, sin problemas. Pero Jesús no permite quedarse en el monte. Después de la luz viene el camino hacia Jerusalén… hacia la cruz. Porque la verdadera experiencia de Dios no nos aleja del mundo, sino que nos envía a vivir con más amor, paciencia y esperanza.

    Hoy el Señor nos recuerda tres cosas: Sube al monte  busca tiempo para Dios. Escucha a Jesús deja que su palabra cambie tu vida. Baja al valle vive la fe en lo cotidiano. La Cuaresma no es tristeza; es transformación. Dios quiere transfigurar: nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras oscuridades, para convertirlas en luz.

    Pidamos hoy al Señor que nos conceda ver su rostro, aunque sea por un instante, para que cuando lleguen las cruces de la vida no perdamos la esperanza. Porque quien ha visto la luz de Cristo sabe que la última palabra nunca la tiene la oscuridad, sino la gloria.

I DOMINGO DE CUARESMA.CICLO A


Jesús ayuna cuarenta días y es tentado.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»».
Jesús le dijo:
«También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios»».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto»». 
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían. Palabra del Señor.
    Hoy iniciamos el camino de la Cuaresma, un tiempo especial de conversión, silencio y regreso al corazón de Dios. El Evangelio tomado de Mateo nos presenta a Jesucristo en el desierto, enfrentando las tentaciones.
    No comienza su misión con milagros ni multitudes, sino con soledad, ayuno y lucha interior. Esto ya es una enseñanza: antes de transformar el mundo, Dios transforma el corazón. El desierto también es nuestra vida, no solo un lugar geográfico. Es todo momento en que sentimos: cansancio, dudas, lucha interior, silencio de Dios.
    La Cuaresma nos invita a entrar voluntariamente en ese desierto espiritual para descubrir qué ocupa realmente nuestro corazón.
    La primera tentación nos presenta vivir solo de lo material. El diablo propone convertir piedras en pan. Jesús responde que el hombre no vive solo de pan. Hoy también existe esa tentación: creer que la felicidad depende únicamente del dinero, del consumo o del bienestar inmediato. La Cuaresma nos pregunta: ¿Qué alimenta realmente mi vida?. El ayuno no es solo dejar comida, es dejar aquello que ocupa el lugar de Dios.
    Segunda tentación: buscar un Dios espectacular. El tentador invita a Jesús a lanzarse desde el templo para demostrar su poder. Es la tentación de una fe superficial: creer solo cuando hay milagros, emociones o soluciones rápidas. Pero la fe verdadera confía incluso cuando no entiende. Creer no es exigir pruebas a Dios, sino cambiar con Él.
    La tercera tentación: el poder sin Dios. Se ofrece a Jesús gloria y dominio. Es quizá la tentación más actual: éxito sin valores, poder sin servicio, reconocimiento sin humildad. Jesús elige el camino contrario: el servicio, la entrega y la cruz.
    Para vencer estas tentaciones Jesús lo hace con tres armas espirituales. La Escritura, la oración y la fidelidad al Padre. Por eso se nos proponen tres caminos cuaresmales, oración, ayuno y limosna. No son obligaciones externas; son medicina para el corazón. La buena noticia es esta: las tentaciones no significan derrota. Incluso Jesús fue tentado. La santidad no consiste en no luchar, sino en volver siempre a Dios. Que este tiempo cuaresmal no sea solo un tiempo más, sino un verdadero regreso al Señor.

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO.CICLO A

 

Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio».
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor».
Pero yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Palabra del Señor.

    El Evangelio de este domingo, nos sitúa en el corazón del Sermón del Monte, donde Jesucristo nos revela que la fe no se vive solo cumpliendo normas externas, sino transformando el corazón. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”

    Jesús deja claro que la Ley de Dios no pierde valor, pero va mucho más allá de lo que se ve por fuera. No basta con “no matar”; también hay que sanar el enojo. No basta con “no cometer adulterio”; hay que purificar la mirada y el deseo. No basta con “decir la verdad a veces”; el discípulo debe vivir con un corazón tan sincero que no necesite juramentos. La santidad que Jesús propone no es mínima, es profunda.

    Este Evangelio nos confronta con una pregunta clave: Nos invita descubrir. ¿Cómo está mi corazón?

    Podemos cumplir muchas reglas y, sin embargo, seguir cargando rencor, doble vida, palabras hirientes o falta de coherencia. Jesús nos invita a una conversión real, donde: el perdón vence al enojo, la fidelidad nace del amor y la verdad brota de un corazón limpio. No se trata de vivir con miedo, sino con un amor que transforma.

    Si somos capaces de mirar con la mirada de Jesús, llena de compasión y de misericordia estaríamos transformando nuestro interior, de esta forma descubriríamos que el sentido pleno de la ley se concreta en qué él nos amó primero y por eso nos pide que hagamos nosotros lo mismo sin perder de vista los mandamientos, pero eso si dándole el sentido pleno que Él le da.