Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Palabra del Señor.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Palabra del Señor.
Hoy celebramos la gran solemnidad de la Ascensión del Señor. No es la despedida triste de Jesús, sino el cumplimiento glorioso de su misión y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
Los discípulos contemplan cómo Cristo asciende al cielo. Humanamente podrían sentirse solos, confundidos o abandonados. Pero el Señor les dice: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Ahí está la clave de esta fiesta: Jesús no se aleja; cambia su manera de estar presente.
Cristo asciende al Padre llevando consigo nuestra humanidad. Él abre para nosotros el camino del cielo. La Ascensión nos recuerda que nuestra meta no es quedarnos encerrados en lo material o pasajero, sino vivir orientados hacia Dios. Muchas veces vivimos absorbidos por preocupaciones, prisas, problemas y miedos. Sin embargo, hoy la liturgia nos invita a levantar la mirada.
Los ángeles dicen a los apóstoles: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Es decir: no os quedéis paralizados. El Señor os envía al mundo. La Ascensión no es evasión, sino misión.
Antes de subir al cielo, Jesús da un mandato claro: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. La Iglesia existe para evangelizar. Cada bautizado es enviado. No solo los sacerdotes o religiosos; también los padres de familia, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores. Todos estamos llamados a anunciar a Cristo con la palabra y con la vida.
Y Jesús promete una fuerza: el Espíritu Santo. Los apóstoles eran débiles y tenían miedo, pero cuando recibieron el Espíritu se convirtieron en testigos valientes. También nosotros necesitamos esa fuerza para vivir la fe en medio de un mundo que muchas veces vive como si Dios no existiera.
La Ascensión también nos llena de esperanza. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Él está glorificado y nos prepara un lugar. Nuestra vida tiene un destino eterno. Por eso el cristiano no vive derrotado ni sin sentido. Aunque existan cruces, sufrimientos y dificultades, sabemos hacia dónde caminamos.
Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que acompañó a los apóstoles en la espera del Espíritu Santo, que también nosotros vivamos con fe, esperanza y alegría esta misión cristiana.
