DOMINGO DE RAMOS. CICLO A

 

  Bendito el que viene en nombre del Señor.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles:
«Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sion:
«Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una borrica,
en un pollino, hijo de acémila»».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡«Hosanna» al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡«Hosanna» en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando:
«¿Quién es este?».
La multitud contestaba:
«Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». Palabra del Señor.

    Hoy contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. No llega como un rey poderoso montado en un caballo de guerra, sino sobre un asno. Este detalle no es casual: nos revela el estilo de Dios. Dios no impone, no aplasta, no domina… Dios viene con humildad.

    La multitud lo aclama: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Extienden mantos, cortan ramas, celebran. Pero sabemos algo que ellos aún no comprenden del todo: ese mismo pueblo que hoy grita “¡Hosanna!”, días después gritará “¡Crucifícalo!”.

    Esto nos invita a mirarnos a nosotros mismos: ¿Cuántas veces también nosotros acogemos a Jesús con entusiasmo… pero solo cuando todo va bien? ¿Y cuando nos pide cambio, sacrificio o fidelidad, seguimos a su lado?

    Jesús entra en Jerusalén, pero sobre todo quiere entrar en nuestro corazón. No viene con violencia, sino con mansedumbre. No obliga: propone. No grita: llama.

    El asno sobre el que cabalga es símbolo de sencillez. Dios elige lo pequeño para manifestar lo grande. Esto nos enseña que no necesitamos grandeza externa para seguir a Cristo; basta un corazón disponible.

    La ciudad se conmueve y pregunta: “¿Quién es este?”. Esa pregunta sigue siendo actual. Hoy también el mundo pregunta: ¿Quién es Jesús? Y la respuesta no debe ser solo palabras, sino vida: Jesús es Aquel que trae paz en medio del caos, sentido en medio del vacío, amor en medio del egoísmo.

    Pero hay algo clave: Jesús no entra solo en Jerusalén… entra para dar su vida. Su camino es la cruz. Y eso redefine completamente lo que significa ser Rey: no es el que manda, sino el que se entrega. Abramos el corazón a Jesús, no solo en momentos de emoción, sino también en la dificultad. Acojamos su estilo de humildad en un mundo que busca poder y apariencia. Seamos también nosotros portadores de paz y sencillez.

    Hoy Jesús pasa por nuestra vida. No viene con ruido, viene en silencio. Dejemos que entre en nuestra vida y acojámoslo como hoy lo haran los niños, con palmas y canticos, y pensad en la Escritura si no lo hacemos nosotros lo harían las piedras.