DOMINGO DE RESURRECCION

 


Él había de resucitar de entre los muertos.

Del evangelio según san Juan.
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

    Hoy celebramos el día más grande de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Y el Evangelio que acabamos de escuchar no nos presenta una aparición gloriosa, sino algo sorprendente: un sepulcro vacío.

    Todo comienza en la oscuridad. María Magdalena va al sepulcro “cuando aún estaba oscuro”. Así estaba también su corazón: lleno de dolor, de tristeza, de desconcierto. Porque cuando Jesús muere, parece que todo ha terminado.

    Pero precisamente ahí, en medio de la oscuridad, comienza la Pascua.

    La piedra está removida. El sepulcro está vacío. Y esto desconcierta. María corre, Pedro corre, el discípulo amado corre. Hay prisa, hay inquietud, hay búsqueda.

    Porque cuando algo de Dios ocurre, no nos deja tranquilos.

    Pedro entra al sepulcro y ve las vendas en el suelo. El discípulo amado entra después, ve… y cree. Ese es el gran salto de la Pascua: pasar de ver a creer.

    Porque, en realidad, no han visto todavía a Jesús resucitado. Solo han visto signos. Pero esos signos, leídos con amor, despiertan la fe.

    Esto también nos pasa a nosotros. Muchas veces queremos ver para creer, tener pruebas claras, seguridades absolutas. Pero Dios actúa de forma distinta: se hace presente en lo sencillo, en lo cotidiano, en signos humildes.

    La tumba vacía nos dice algo muy claro: la muerte no tiene la última palabra. El pecado no tiene la última palabra. El dolor no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios… y es una palabra de vida.

    Por eso hoy no es solo un recuerdo. No celebramos algo que pasó hace dos mil años. Celebramos que Cristo está vivo hoy. Que sigue venciendo la muerte en nuestras vidas. Cada vez que alguien perdona, Cristo resucita. Cada vez que alguien vuelve a empezar, Cristo resucita. Cada vez que el amor vence al odio, Cristo resucita.

    Quizá nosotros también llegamos hoy con nuestras propias oscuridades, con nuestras dudas, con nuestras “tumbas”: situaciones que parecen cerradas, heridas que parecen definitivas.

    La Pascua nos dice: Dios puede abrir esas tumbas.

   Y tal vez no lo entendamos todo, como tampoco lo entendieron los discípulos en ese momento. Pero estamos llamados a dar ese paso: ver… y creer.

    Hoy la Iglesia entera proclama con alegría: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

    Y esa es la noticia que cambia todo. Vivamos como resucitados. No como personas derrotadas, no como quienes viven sin esperanza, sino como quienes saben que la vida ha vencido.

DOMINGO DE RAMOS. CICLO A

 

  Bendito el que viene en nombre del Señor.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles:
«Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sion:
«Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una borrica,
en un pollino, hijo de acémila»».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡«Hosanna» al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡«Hosanna» en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando:
«¿Quién es este?».
La multitud contestaba:
«Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». Palabra del Señor.

    Hoy contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. No llega como un rey poderoso montado en un caballo de guerra, sino sobre un asno. Este detalle no es casual: nos revela el estilo de Dios. Dios no impone, no aplasta, no domina… Dios viene con humildad.

    La multitud lo aclama: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Extienden mantos, cortan ramas, celebran. Pero sabemos algo que ellos aún no comprenden del todo: ese mismo pueblo que hoy grita “¡Hosanna!”, días después gritará “¡Crucifícalo!”.

    Esto nos invita a mirarnos a nosotros mismos: ¿Cuántas veces también nosotros acogemos a Jesús con entusiasmo… pero solo cuando todo va bien? ¿Y cuando nos pide cambio, sacrificio o fidelidad, seguimos a su lado?

    Jesús entra en Jerusalén, pero sobre todo quiere entrar en nuestro corazón. No viene con violencia, sino con mansedumbre. No obliga: propone. No grita: llama.

    El asno sobre el que cabalga es símbolo de sencillez. Dios elige lo pequeño para manifestar lo grande. Esto nos enseña que no necesitamos grandeza externa para seguir a Cristo; basta un corazón disponible.

    La ciudad se conmueve y pregunta: “¿Quién es este?”. Esa pregunta sigue siendo actual. Hoy también el mundo pregunta: ¿Quién es Jesús? Y la respuesta no debe ser solo palabras, sino vida: Jesús es Aquel que trae paz en medio del caos, sentido en medio del vacío, amor en medio del egoísmo.

    Pero hay algo clave: Jesús no entra solo en Jerusalén… entra para dar su vida. Su camino es la cruz. Y eso redefine completamente lo que significa ser Rey: no es el que manda, sino el que se entrega. Abramos el corazón a Jesús, no solo en momentos de emoción, sino también en la dificultad. Acojamos su estilo de humildad en un mundo que busca poder y apariencia. Seamos también nosotros portadores de paz y sencillez.

    Hoy Jesús pasa por nuestra vida. No viene con ruido, viene en silencio. Dejemos que entre en nuestra vida y acojámoslo como hoy lo haran los niños, con palmas y canticos, y pensad en la Escritura si no lo hacemos nosotros lo harían las piedras.

V DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 Yo soy la resurrección y la vida.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor
    Este domingo contemplamos uno de los pasajes más conmovedores del Evangelio: la resurrección de Lázaro. No es solo un milagro más, es un signo decisivo que nos prepara para entender lo que celebraremos en la Pascua: que Jesús es Señor de la vida.

    Jesús no es indiferente al dolor humano. El Evangelio nos muestra algo profundamente humano: Jesús llora. Ante la muerte de su amigo, no se muestra distante ni frío. Se conmueve, sufre, comparte el dolor. Esto nos dice algo muy importante: Dios no es ajeno a nuestras lágrimas, en nuestras pérdidas, en nuestros duelos, en nuestras crisis… Dios está presente.

    Hoy también Jesús se acerca a nuestros sepulcros. Todos tenemos “sepulcros”. Lázaro estaba muerto y sepultado desde hacía cuatro días. Humanamente, ya no había esperanza.

    También nosotros tenemos “sepulcros”: Situaciones que parecen sin solución, pecados que nos atan, heridas que no sanan, falta de fe o de sentido. A veces pensamos: “esto ya no tiene arreglo”. Pero ahí entra Jesús.

    Hoy nos dice Jesús “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús no dice “yo doy vida”, sino: “Yo soy la vida”. Esto cambia todo. La fe cristiana no es solo una idea o una moral, es una relación con alguien vivo. Y luego viene el momento clave: “¡Lázaro, sal fuera!” La voz de Cristo rompe la muerte. Donde todo parecía terminado, comienza algo nuevo.

    Desatar y dejar caminar. Después de que Lázaro sale, Jesús dice: “Desatadlo y dejadlo andar”.No basta con salir del sepulcro. Hay que quitar las ataduras.También nosotros, aunque hemos recibido vida nueva: seguimos atados por miedos, por rencores, por hábitos que nos esclavizan. Jesús quiere liberarnos completamente.

    Este Evangelio nos deja tres llamadas muy concretas: Creer, confiar en Jesús incluso cuando todo parece perdido. Esperar, Dios puede dar vida donde solo vemos muerte. Salir, dejar atrás lo que nos encierra y caminar en libertad.

    Estamos ya a las puertas de la Semana Santa. Hoy Jesús nos pregunta, como a Marta: “¿Crees esto?”. Que nuestra respuesta no sea solo con palabras, sino con la vida. Que dejemos que Cristo entre en nuestros sepulcros… y escuchemos su voz que nos dice: “Sal fuera” y así poder vivir en plenitud la vida en Cristo.


IV DOMINGO DE CUARESMA

 


Él fue, se lavó, y volvió con vista.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Y escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
Él respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él. Palabra del Señor

    En este cuarto domingo de Cuaresma la liturgia nos habla de la luz y de la verdadera visión. No se trata solamente de ver con los ojos del cuerpo, sino de ver con el corazón.

    En el Evangelio de hoy, tomado del Evangelio según San Juan, encontramos a un ciego de nacimiento. Este hombre nunca había visto la luz. Vivía en la oscuridad total. Sin embargo, cuando se encuentra con Jesús, ocurre algo extraordinario: recibe la vista.

    Pero el Evangelio nos muestra algo todavía más profundo.    Los que creían ver —los fariseos— en realidad estaban ciegos espiritualmente. Y el que era ciego termina viendo no solo con los ojos, sino con la fe. Jesús nos enseña algo muy importante: La peor ceguera no es la del cuerpo, sino la del corazón.

    En la primera lectura del Primer Libro de Samuel, Dios envía al profeta Samuel a elegir un rey. Samuel se fija en la apariencia de los hijos de Jesé, pero Dios le dice una frase muy profunda: “El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.”

    Y así, el elegido es David, el más pequeño, el que nadie esperaba. Esto nos recuerda algo muy importante: Dios no nos juzga por lo que aparentamos, sino por lo que somos realmente en nuestro interior.

    En el Evangelio, Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo.” Cuando Jesús entra en la vida de aquel ciego, todo cambia. Primero recibe la vista, pero luego hace algo todavía más importante: reconoce a Jesús y cree en Él. La fe es precisamente eso: dejar que Cristo ilumine nuestra vida.

    Muchas veces caminamos en la oscuridad: oscuridad del egoísmo, oscuridad del pecado, oscuridad de la falta de fe, oscuridad del miedo. Pero cuando dejamos entrar a Cristo, todo empieza a tener sentido.

    San Pablo dice en la segunda lectura de la Carta a los Efesios: “Antes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor.” La Cuaresma es precisamente un camino de conversión, un paso: de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la fe.

    El ciego del Evangelio hace un camino muy hermoso. Poco a poco va descubriendo quién es Jesús: Primero lo llama “ese hombre llamado Jesús”. Luego dice “es un profeta”. Finalmente proclama: “Creo, Señor”

    Así también crece nuestra fe: poco a poco, cuando nos encontramos realmente con Cristo.En este domingo la Iglesia nos invita a pedir una gracia muy concreta: Señor, abre nuestros ojos. Que podamos: ver la verdad, ver el bien, ver a Dios en nuestra vida,y ver a los demás con amor. Que esta Cuaresma sea para nosotros un camino de la ceguera a la luz, y que Cristo ilumine siempre nuestro corazón. 

III DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 


Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo». Palabra del Señor.
    El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús cansado, sentado junto al pozo. Allí llega una mujer samaritana a sacar agua. Es un encuentro sencillo, cotidiano, pero que cambia completamente la vida de esa mujer.
    Jesús le dice: “Dame de beber.”

    El Señor, que es la fuente del agua viva, se muestra necesitado. Esto nos enseña algo profundo: Dios toma la iniciativa para encontrarse con nosotros, incluso en los momentos ordinarios de la vida. Muchas veces nosotros también llegamos al “pozo” con nuestras propias necesidades: cansancio, problemas, pecados, dudas o búsquedas interiores. Y ahí está Cristo, esperándonos.

    Jesús le promete a la mujer algo sorprendente:

“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed.”

    No se trata de agua material. Jesús habla de la vida nueva que Él da, del Espíritu Santo que llena el corazón humano.

    El mundo ofrece muchas “aguas” que parecen saciar la sed: dinero, éxito, placer, reconocimiento. Pero esas aguas muchas veces dejan al corazón más vacío.

    Solo Cristo puede dar el agua viva que realmente sacia: la paz interior, el perdón, la alegría verdadera, el sentido de la vida.

    Durante el diálogo, Jesús revela que conoce la vida de la mujer. No la juzga ni la humilla; simplemente la mira con verdad y misericordia. Esto es muy importante para nosotros: Dios conoce nuestra historia completa, nuestras heridas, errores, pecados y aun así nos busca.

    La samaritana pasa de la desconfianza a la fe. Primero ve a Jesús como un judío, luego como un profeta, y finalmente reconoce que puede ser el Mesías.

    El Evangelio termina con algo hermoso: la mujer deja su cántaro, corre al pueblo y anuncia a todos: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.”

    La que llegó sola y con vergüenza se convierte en anunciadora de Cristo. Este es el camino de todo cristiano: quien se encuentra de verdad con Jesús no puede quedarse callado.

    La Cuaresma es precisamente ese camino hacia el pozo donde Cristo nos espera. Hoy el Señor también nos dice: Dame de beber, dame tu corazón. Te daré agua viva te daré una vida nueva.

    Hoy Jesús nos invita a: encontrarnos con Él, a renovar nuestra oración, a dejar algo que nos está secando el alma.

    Como la samaritana, acerquémonos a Jesús con sinceridad. Si bebemos del agua que Él nos ofrece, nuestro corazón ya no tendrá sed. Y entonces también nosotros podremos decir a otros: “He encontrado a Cristo.”

II DOMINGO DE CUARESMA. CICLO A

 


Su rostro resplandecía como el sol.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se Ies aparecieron Moisés y Elias conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elias».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Palabra del Señor

    El domingo pasado comenzábamos la Cuaresma viendo a Jesús en el desierto, enfrentando la tentación. Hoy la liturgia nos lleva a un lugar muy distinto: un monte lleno de luz, donde contemplamos la Transfiguración de Jesucristo.

    Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y sube a un monte alto, tradicionalmente identificado con el Monte TaborSubir al monte significa salir del ruido cotidiano.También nosotros vivimos rodeados de preocupaciones: prisas, problemas familiares, incertidumbres, cansancio interior.

    La Cuaresma es precisamente eso: una invitación a subir al monte, a buscar momentos de oración, silencio y encuentro con Dios. Porque quien no se detiene ante Dios, termina perdiendo el sentido del camino.

    Jesús muestra su verdadera identidad. En el monte, Jesús se transfigura: su rostro brilla, sus vestidos resplandecen, y los discípulos descubren algo fundamental: aquel Maestro sencillo es realmente el Hijo de Dios.

    ¿Por qué ocurre esto? Porque Jesús sabe que los discípulos pronto verán la cruz, el sufrimiento y el fracaso aparente. Antes de la oscuridad, Dios les regala una experiencia de luz para sostener su fe. También nosotros necesitamos momentos de luz: una oración que nos toca, una reconciliación, una Eucaristía vivida con profundidad, una certeza interior de que Dios está cerca. Esos momentos son nuestras “transfiguraciones”.

    Desde la nube se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo.» No dice: admiradlo. No dice: hablad mucho de Él. Dice: escuchadlo. Escuchar a Cristo significa: perdonar cuando cuesta, amar cuando no apetece, confiar cuando hay miedo, seguirle incluso cuando no entendemos. La fe cristiana no es solo emoción; es obediencia confiada.

    Pedro quiere quedarse allí: «Señor, ¡qué bien se está aquí!». Nos pasa igual. Queremos una fe cómoda, sin problemas. Pero Jesús no permite quedarse en el monte. Después de la luz viene el camino hacia Jerusalén… hacia la cruz. Porque la verdadera experiencia de Dios no nos aleja del mundo, sino que nos envía a vivir con más amor, paciencia y esperanza.

    Hoy el Señor nos recuerda tres cosas: Sube al monte  busca tiempo para Dios. Escucha a Jesús deja que su palabra cambie tu vida. Baja al valle vive la fe en lo cotidiano. La Cuaresma no es tristeza; es transformación. Dios quiere transfigurar: nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras oscuridades, para convertirlas en luz.

    Pidamos hoy al Señor que nos conceda ver su rostro, aunque sea por un instante, para que cuando lleguen las cruces de la vida no perdamos la esperanza. Porque quien ha visto la luz de Cristo sabe que la última palabra nunca la tiene la oscuridad, sino la gloria.

I DOMINGO DE CUARESMA.CICLO A


Jesús ayuna cuarenta días y es tentado.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»».
Jesús le dijo:
«También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios»».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto»». 
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían. Palabra del Señor.
    Hoy iniciamos el camino de la Cuaresma, un tiempo especial de conversión, silencio y regreso al corazón de Dios. El Evangelio tomado de Mateo nos presenta a Jesucristo en el desierto, enfrentando las tentaciones.
    No comienza su misión con milagros ni multitudes, sino con soledad, ayuno y lucha interior. Esto ya es una enseñanza: antes de transformar el mundo, Dios transforma el corazón. El desierto también es nuestra vida, no solo un lugar geográfico. Es todo momento en que sentimos: cansancio, dudas, lucha interior, silencio de Dios.
    La Cuaresma nos invita a entrar voluntariamente en ese desierto espiritual para descubrir qué ocupa realmente nuestro corazón.
    La primera tentación nos presenta vivir solo de lo material. El diablo propone convertir piedras en pan. Jesús responde que el hombre no vive solo de pan. Hoy también existe esa tentación: creer que la felicidad depende únicamente del dinero, del consumo o del bienestar inmediato. La Cuaresma nos pregunta: ¿Qué alimenta realmente mi vida?. El ayuno no es solo dejar comida, es dejar aquello que ocupa el lugar de Dios.
    Segunda tentación: buscar un Dios espectacular. El tentador invita a Jesús a lanzarse desde el templo para demostrar su poder. Es la tentación de una fe superficial: creer solo cuando hay milagros, emociones o soluciones rápidas. Pero la fe verdadera confía incluso cuando no entiende. Creer no es exigir pruebas a Dios, sino cambiar con Él.
    La tercera tentación: el poder sin Dios. Se ofrece a Jesús gloria y dominio. Es quizá la tentación más actual: éxito sin valores, poder sin servicio, reconocimiento sin humildad. Jesús elige el camino contrario: el servicio, la entrega y la cruz.
    Para vencer estas tentaciones Jesús lo hace con tres armas espirituales. La Escritura, la oración y la fidelidad al Padre. Por eso se nos proponen tres caminos cuaresmales, oración, ayuno y limosna. No son obligaciones externas; son medicina para el corazón. La buena noticia es esta: las tentaciones no significan derrota. Incluso Jesús fue tentado. La santidad no consiste en no luchar, sino en volver siempre a Dios. Que este tiempo cuaresmal no sea solo un tiempo más, sino un verdadero regreso al Señor.

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO.CICLO A

 

Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio».
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor».
Pero yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Palabra del Señor.

    El Evangelio de este domingo, nos sitúa en el corazón del Sermón del Monte, donde Jesucristo nos revela que la fe no se vive solo cumpliendo normas externas, sino transformando el corazón. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”

    Jesús deja claro que la Ley de Dios no pierde valor, pero va mucho más allá de lo que se ve por fuera. No basta con “no matar”; también hay que sanar el enojo. No basta con “no cometer adulterio”; hay que purificar la mirada y el deseo. No basta con “decir la verdad a veces”; el discípulo debe vivir con un corazón tan sincero que no necesite juramentos. La santidad que Jesús propone no es mínima, es profunda.

    Este Evangelio nos confronta con una pregunta clave: Nos invita descubrir. ¿Cómo está mi corazón?

    Podemos cumplir muchas reglas y, sin embargo, seguir cargando rencor, doble vida, palabras hirientes o falta de coherencia. Jesús nos invita a una conversión real, donde: el perdón vence al enojo, la fidelidad nace del amor y la verdad brota de un corazón limpio. No se trata de vivir con miedo, sino con un amor que transforma.

    Si somos capaces de mirar con la mirada de Jesús, llena de compasión y de misericordia estaríamos transformando nuestro interior, de esta forma descubriríamos que el sentido pleno de la ley se concreta en qué él nos amó primero y por eso nos pide que hagamos nosotros lo mismo sin perder de vista los mandamientos, pero eso si dándole el sentido pleno que Él le da.

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 


Vosotros sois la luz del mundo.

Del evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Palabra del Señor.

    En este domingo Jesús usa dos imágenes muy simples: la sal y la luz. Cosas pequeñas, cotidianas, que todos conocían… pero indispensables.

    La sal parece poca cosa, pero sin ella la comida pierde sabor. La luz puede ser pequeña, pero basta para vencer la oscuridad. Con esto Jesús nos revela algo muy grande: que el Reino de Dios no crece con cosas espectaculares, sino con vidas transformadas.

   Cuando Jesús nos habla de nosotros mismos nos dice: “vosotros sois la sal de la tierra”, nos está diciendo que el mundo necesita del cristiano para no corromperse, para no perder el sabor del bien, de la verdad, de la esperanza. Pero también advierte: si la sal se vuelve insípida, ya no sirve. Es una llamada fuerte: una fe vivida solo de palabras, sin obras, se vuelve estéril.

    Del mismo modo nos dice:“vosotros sois la luz del mundo.” La luz no se esconde. No se enciende una lámpara para taparla. La fe no es solo para el templo es para la vida diaria. Brillamos cuando: actuamos con justicia, perdonamos, ayudamos al necesitado, vivimos con coherencia. Lo más importante del texto es esto: la luz no es para lucirse, sino para que otros vean a Dios.

    Jesús termina diciéndonos: “que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. No es protagonismo cristiano. Es testimonio. Cuando alguien ve tu paciencia, tu honestidad, tu amor, y piensa: “Dios está ahí” ahí se cumplió el Evangelio.

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A


 Bienaventurados los pobres en el espíritu.

Del evangelio según san Mateo. 
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Palabra del Señor.

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los textos más conocidos y, al mismo tiempo, más exigentes de Jesús: las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta como maestro y comienza a describir el camino de la verdadera felicidad. Pero basta escucharlas con atención para darnos cuenta de algo sorprendente: no se parecen en nada a las felicidades que el mundo propone.

        El mundo dice: felices los poderosos, los que tienen éxito, los que imponen su voluntad. Jesús dice: felices los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que trabajan por la paz.

    Las Bienaventuranzas no son simples consejos morales; son el retrato del mismo Jesús. Él fue pobre de espíritu, manso de corazón, misericordioso con los pecadores, perseguido por hacer el bien. Vivir las Bienaventuranzas es, en el fondo, vivir como Él.

    “Felices los pobres de espíritu”. No se trata solo de pobreza material, sino de reconocer que necesitamos a Dios, que no nos salvamos solos. El pobre de espíritu confía más en Dios que en sus propias seguridades.

    “Felices los que lloran”. Jesús no glorifica el sufrimiento, sino que nos recuerda que Dios no es indiferente al dolor humano. Él consuela, sana y da esperanza a quien no endurece el corazón ante el sufrimiento propio y ajeno.

    “Felices los mansos”. La mansedumbre no es debilidad; es fuerza interior, es saber dominar la violencia, responder al mal con el bien, elegir el camino de la paz.

    “Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No es solo cumplir leyes, sino desear un mundo más justo, donde nadie sea descartado, donde el amor tenga la última palabra.

    “Felices los misericordiosos”. En un mundo que juzga y condena con rapidez, Jesús nos recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio. El que perdona, sana; el que es misericordioso, se parece a Dios.

    Y finalmente, “felices los perseguidos por causa de la justicia”. Seguir a Jesús no siempre es cómodo. A veces implica ir contra la corriente, defender la verdad, amar cuando no es fácil. Pero Jesús nos asegura que vale la pena.

    Las Bienaventuranzas no prometen una felicidad superficial o inmediata, sino una felicidad profunda, que nace de vivir en comunión con Dios. Son un camino, no una meta instantánea.

    Pidamos hoy al Señor la gracia de no quedarnos solo admirando este Evangelio, sino de dejarnos transformar por él, paso a paso, para que nuestra vida sea también una buena noticia para los demás.

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías.

Del evangelio según san Mateo.
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Palabra del Señor

    La Palabra de Dios de este domingo nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. San Mateo nos muestra a Jesús caminando por Galilea, una tierra marcada por la mezcla de pueblos, por la pobreza y también por la oscuridad de la injusticia y la ignorancia de Dios. Y es precisamente allí donde comienza a brillar la luz.

    El profeta Isaías lo había anunciado: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Dios no espera a que todo esté perfecto para actuar. No elige los centros de poder, sino los márgenes. Ahí donde hay oscuridad, confusión o cansancio, Dios enciende su luz.

    El mensaje de Jesús es claro y directo: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Convertirse no es solo dejar de hacer cosas malas; es cambiar la dirección del corazón, volver a Dios, permitir que Él sea el centro de nuestra vida. La conversión es un camino diario, no un acto puntual.

   Luego viene la llamada: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.” Jesús llama a personas sencillas: pescadores que estaban trabajando, ocupados en su vida cotidiana. No eran expertos en religión ni modelos perfectos. Y, sin embargo, lo dejan todo y lo siguen. Esa es la fuerza de la llamada de Cristo: cuando se le escucha de verdad, algo se mueve por dentro.

    También hoy Jesús pasa junto a nuestras orillas. Nos llama en medio del trabajo, de la familia, de las preocupaciones. Nos llama tal como somos, pero no para dejarnos igual, sino para transformarnos. Ser “pescadores de hombres” significa llevar esperanza, fe, consuelo y verdad a un mundo que muchas veces vive en tinieblas.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que esta misión solo puede vivirse desde la unidad. Las divisiones, los orgullos y las rivalidades oscurecen el Evangelio. Cristo no está dividido. Seguirlo implica aprender a caminar juntos, como Iglesia, poniendo a Jesús en el centro y no a nosotros mismos.

    Pidamos hoy la gracia de escuchar la voz de Jesús, de tener el valor de convertirnos y la generosidad de seguirlo. Que su luz ilumine nuestras sombras y nos haga testigos creíbles de su Reino.

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Del evangelio según san Juan.
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo". Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Palabra del Señor.

    El Tiempo Ordinario no es un tiempo “sin importancia”, sino el tiempo en el que aprendemos a descubrir a Dios actuando en lo cotidiano de nuestra vida. Y en este segundo domingo, la Palabra nos presenta una pregunta fundamental: ¿quién es realmente Jesús para nosotros?

    El Evangelio de hoy nos muestra a Juan el Bautista señalando a Jesús y diciendo con claridad:
“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”
No dice: “este es un gran profeta”, ni “este es un líder político”, ni siquiera “este es un maestro admirable”. Dice algo mucho más profundo: Jesús es el Cordero, el que entrega su vida, el que carga con el pecado, el que viene a salvar.

    Juan no habla desde rumores ni suposiciones. Él da testimonio de lo que ha visto: el Espíritu que desciende y permanece sobre Jesús. Por eso puede afirmar con firmeza: “Este es el Hijo de Dios.” La fe cristiana nace precisamente de este testimonio: no de ideas abstractas, sino del encuentro con una persona viva.

    La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos ayuda a comprender mejor esta misión. El siervo del Señor no es llamado solo para sí mismo, sino para ser luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra. Esto se cumple plenamente en Jesús, pero también nos incluye a nosotros. Todo bautizado participa de esta misión: ser luz, ser testigo, señalar a Cristo con la propia vida.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda algo esencial: hemos sido llamados a ser santos. No es un privilegio reservado a unos pocos, sino una vocación universal. La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir lo ordinario con amor, coherencia y fidelidad al Evangelio.

    Volviendo al Evangelio, hay un detalle muy importante: Juan el Bautista no se pone en el centro, sino que señala a otro. Su alegría es que Jesús crezca, aunque él disminuya. Esto nos interpela profundamente en un mundo donde muchas veces buscamos reconocimiento, aplausos o protagonismo. El cristiano auténtico no se anuncia a sí mismo, sino que conduce a otros hacia Cristo.

    Hoy el Señor nos pregunta, en lo más hondo del corazón:
    ¿Reconozco a Jesús como el Cordero que quita mi pecado? ¿Me dejo salvar por Él o sigo cargando mis propias culpas sin confiar en su misericordia?¿Soy testigo de Cristo en mi familia, en mi trabajo, en la sociedad?

    Que en esta Eucaristía, al escuchar de nuevo “Este es el Cordero de Dios”, no sea solo una fórmula litúrgica, sino una confesión sincera de fe. Acerquémonos a Jesús con humildad, dejemos que Él quite nuestro pecado y permitamos que su luz ilumine toda nuestra vida

SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DE JESÚS

 


Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Palabra del Señor.

    Hoy celebramos el Bautismo de Jesús, una fiesta que cierra el tiempo de Navidad y nos introduce plenamente en su vida pública. Después del pesebre y de la adoración, el Evangelio nos muestra a Jesús haciendo fila con los pecadores, entrando al Jordán como uno más. Y eso, ya desde el comienzo, nos revela quién es Dios y cómo actúa.

    Juan el Bautista se resiste: “Soy yo el que necesito ser bautizado por ti”. Y tiene razón. Jesús no necesita conversión, no tiene pecado. Sin embargo, responde: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. ¿Qué significa esto? Que Jesús no viene a imponerse desde arriba, sino a solidarizarse desde abajo. Se sumerge en las aguas del Jordán para cargar con nuestra historia, nuestras fragilidades y nuestros pecados. Dios no nos salva desde lejos; se mete en nuestra realidad.

    En el Jordán sucede algo decisivo: los cielos se abren, el Espíritu Santo desciende como paloma y se escucha la voz del Padre:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Aquí está revelado el misterio de la Trinidad y, al mismo tiempo, el corazón de nuestra fe. Antes de que Jesús haga milagros, antes de que predique o vaya a la cruz, el Padre le dice: “Tú eres mi Hijo amado”. No por lo que hace, sino por lo que es.

    Esto tiene una enorme importancia para nosotros. En nuestro Bautismo, también sobre cada uno se ha pronunciado esa misma palabra: “Tú eres mi hijo, amado”. A veces vivimos como si tuviéramos que ganarnos el amor de Dios, como si dependiera de nuestros méritos. Pero el Bautismo nos recuerda que el amor de Dios es primero, gratuito, incondicional.

    El Bautismo no fue solo un momento del pasado; es una identidad que nos acompaña toda la vida. Nos hace hijos, nos da el Espíritu y nos envía a una misión. Así como Jesús sale del Jordán para comenzar su camino, también nosotros somos enviados a vivir como hijos amados y a hacer presente el Reino en medio del mundo.

    Que al celebrar hoy el Bautismo del Señor renovemos nuestro propio Bautismo. Que volvamos al Jordán de nuestra vida para escuchar de nuevo la voz del Padre, dejarnos llenar por el Espíritu y caminar con Jesús, no desde el orgullo, sino desde la humildad y el servicio.

II DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD. CICLO A

 El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Del evangelio según san Juan.
En el principio existía el Verbo,
y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo,
y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre,
viniendo al mundo.
En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él,
y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron,
les dio poder de ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quién lo ha dado a conocer. Palabra del Señor. 
    Todavía resuena en nuestro corazón la alegría de la Navidad, y la liturgia de hoy nos invita a ir más hondo en el misterio que hemos celebrado. Ya no contemplamos al Niño en el pesebre desde lo tierno y cercano solamente, sino desde lo más profundo de la fe: ese Niño es el Verbo eterno de Dios.
    San Juan no comienza su Evangelio con pastores ni ángeles, sino llevándonos al principio de todo:“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.”
    Con estas palabras se nos recuerda que Jesús no empieza en Belén. Él existe desde siempre. La Navidad no es el nacimiento de Dios, sino la entrada de Dios en nuestra historia.“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”
    Dios no se quedó lejos, no habló desde el cielo solamente. Se hizo carne, se hizo frágil, se hizo cercano. Asumió nuestra vida con todo lo que somos, menos el pecado. Dios ha puesto su tienda en medio de nosotros.
    La primera lectura, del libro del Eclesiástico, usa una imagen muy bella: la Sabiduría de Dios que pone su morada entre su pueblo. Esa Sabiduría es Cristo. Dios ha querido vivir con nosotros, caminar nuestras calles, compartir nuestras alegrías y dolores.
    San Pablo, en la carta a los Efesios, nos recuerda la consecuencia de todo esto: hemos sido bendecidos, elegidos y hechos hijos. No somos simples criaturas lejanas, sino hijos amados. La Navidad revela nuestra dignidad: Dios se hizo hombre para que el hombre pueda vivir como hijo de Dios. Pero el Evangelio también es realista. Dice san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.”
    Aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿lo estamos recibiendo de verdad?No basta con haber celebrado la Navidad externamente. Recibir al Verbo es dejar que su luz ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestra manera de vivir.
    En este segundo domingo después de Navidad, pidamos la gracia de no dejar pasar este misterio como algo ya conocido, sino de dejarnos asombrar de nuevo. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestro corazón sean ese lugar donde el Verbo sigue habitando.Que María, que acogió al Verbo en su seno, nos enseñe a acogerlo también en nuestra vida.