SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

 


Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Del evangelio según san Juan.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Palabra del Señor.
    Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más profundas y conmovedoras de nuestra fe: el Corpus Christi, la solemnidad en la que contemplamos y adoramos a Jesucristo presente en la Eucaristía. No recordamos solamente un acontecimiento del pasado; celebramos una presencia viva y real. Cristo sigue entregándose por nosotros, sigue alimentando a su pueblo y sigue caminando con la humanidad. Cuando Jesús tomó el pan y dijo: “Esto es mi cuerpo”, y tomó el cáliz diciendo: “Esta es mi sangre”, realizó el gesto supremo del amor. No quiso dejarnos únicamente una enseñanza o un recuerdo. Quiso quedarse con nosotros. En cada Eucaristía se hace presente el mismo Señor que nació en Belén, murió en la cruz y resucitó glorioso.
    La fiesta de hoy nos invita a mirar la Eucaristía desde tres dimensiones.
1. La Eucaristía es don. Nada merecíamos y, sin embargo, Dios nos entrega lo más grande que tiene: a su propio Hijo. Cada vez que participamos en la Misa recibimos un regalo inmenso. Cristo se hace alimento para nuestra debilidad, fuerza para nuestras luchas y esperanza para nuestros cansancios.
En un mundo marcado por el individualismo y la autosuficiencia, la Eucaristía nos recuerda que la vida cristiana comienza acogiendo un don. Antes de hacer algo por Dios, recibimos todo de Él.
2. La Eucaristía es comunión. Al acercarnos al mismo Pan, formamos un solo cuerpo. No somos cristianos aislados. Somos familia, Iglesia, pueblo de Dios. Por eso no puede haber verdadera comunión con Cristo sin buscar la reconciliación con los hermanos. La Eucaristía nos impulsa a perdonar, a sanar divisiones y a construir unidad en nuestras familias, comunidades y sociedades.
3. La Eucaristía es misión. Al final de cada Misa somos enviados. No permanecemos encerrados en el templo. Salimos para llevar a Cristo al mundo. El Pan que recibimos se convierte en compromiso con los pobres, los enfermos, los ancianos, los migrantes y todos los que sufren.
La procesión del Corpus Christi expresa precisamente esta verdad: Cristo sale a las calles porque quiere bendecir la vida cotidiana de las personas. Quiere entrar en nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones y nuestras esperanzas.
Pidamos al Señor que renueve en nosotros el asombro ante su presencia real. Que cada comunión nos acerque más a Él y nos haga más generosos con nuestros hermanos.
Que María, mujer eucarística, nos enseñe a recibir a Cristo con un corazón abierto y disponible.