DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                 Salió el sembrador a sembrar.

Del evangelio según san Mateo.
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acu
dió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga». Palabra del Señor
    El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la del sembrador. Es una imagen sencilla, tomada de la vida cotidiana, pero encierra una profunda enseñanza sobre el Reino de Dios y sobre nuestro propio corazón.
    Lo primero que llama la atención es la generosidad del sembrador. No selecciona cuidadosamente dónde caerá cada semilla. La esparce con abundancia por todas partes: en el camino, entre piedras, entre espinos y en tierra buena. Así es Dios. Su amor no hace distinciones. Su Palabra se dirige a todos. Nadie queda excluido de su invitación.
    La semilla es siempre buena. Tiene fuerza, vida y capacidad para dar fruto. Si en ocasiones no produce una cosecha abundante, no es porque la semilla haya perdido su poder, sino porque encuentra obstáculos en el terreno. Jesús nos invita entonces a preguntarnos: ¿Qué clase de tierra soy yo?
    A veces nuestro corazón se parece al camino endurecido por la rutina, donde la Palabra apenas logra entrar. Escuchamos el Evangelio, pero enseguida las preocupaciones, las distracciones o la indiferencia nos hacen olvidarlo.
    Otras veces somos como el terreno pedregoso. Recibimos la Palabra con entusiasmo, pero cuando llegan las dificultades, las críticas o las exigencias del seguimiento de Cristo, nos desanimamos y abandonamos.
    También podemos ser como la tierra llena de espinos. La fe está presente, pero queda ahogada por la obsesión por el dinero, el éxito, el consumo o las preocupaciones constantes. Poco a poco, Dios deja de ocupar el primer lugar.
    Pero Jesús nos habla también de la tierra buena. No se trata de personas perfectas, sino de corazones abiertos, humildes y disponibles, que escuchan la Palabra, la meditan y la ponen en práctica. Entonces la semilla produce fruto abundante: treinta, sesenta y hasta cien por uno.
    La primera lectura, del profeta Isaías, nos llena de esperanza. Así como la lluvia fecunda la tierra y nunca vuelve vacía al cielo, también la Palabra de Dios siempre realiza aquello para lo que fue enviada. Tal vez nosotros no veamos inmediatamente los resultados, pero Dios sigue actuando silenciosamente en la historia y en nuestra vida.
    San Pablo, por su parte, nos recuerda que toda la creación espera con esperanza la manifestación de los hijos de Dios. Nuestro mundo necesita cristianos que den fruto: personas que siembren reconciliación donde hay división, esperanza donde hay desesperanza, justicia donde hay abuso y amor donde hay indiferencia.
    Hoy también nosotros somos llamados a convertirnos en sembradores. No basta con recibir la semilla; estamos invitados a compartirla con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestro testimonio. En la familia, en el trabajo, en la escuela, en la comunidad y en la sociedad podemos sembrar gestos de bondad, perdón, solidaridad y fe. Quizá no veamos enseguida los frutos, pero Dios hará crecer lo que sembramos con amor.
    Pidamos al Señor que prepare nuestro corazón para que sea tierra buena. Que quite de nosotros las piedras del orgullo, los espinos del egoísmo y la dureza de la indiferencia. Que su Palabra eche raíces profundas y transforme nuestra vida.
    Que María, la mujer que acogió la Palabra con un corazón plenamente disponible, nos enseñe a escucharla, guardarla y hacerla fructificar para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.