DOMINGO SAGRADA FAMILIA. CICLO A

 

Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno. Palabra del Señor.

    Celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret es contemplar un hogar sencillo y real, marcado no solo por alegrías, sino también por pruebas, miedos y decisiones difíciles. El Evangelio de hoy nos muestra que la familia de Jesús no estuvo libre del sufrimiento. Vivió la persecución, la inseguridad y la experiencia del exilio.

    San José, hombre justo y silencioso, aparece como aquel que escucha a Dios y actúa con prontitud. No duda ni se demora: se levanta, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto. José nos enseña que amar a la familia significa protegerla, tomar decisiones valientes y sacrificarse por ella.

    María, por su parte, confía plenamente en Dios. Aunque guarda en su corazón grandes promesas, vive la dureza de una madre que debe dejar su tierra para salvar a su Hijo. Su silencio está lleno de fe. María nos enseña a confiar incluso cuando no comprendemos del todo los caminos de Dios.

    Jesús, aún niño, comparte la fragilidad humana. El Hijo de Dios conoce el peligro, el rechazo y el exilio. De este modo, se hace cercano a todas las familias que hoy atraviesan dificultades: desempleo, violencia, migración, enfermedad o divisiones. Ninguna familia está sola: Dios camina con ella.

    La primera lectura nos recuerda la importancia del respeto, del cuidado y de la responsabilidad dentro del hogar. San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos ofrece un verdadero programa de vida familiar: misericordia, bondad, humildad, paciencia, perdón y, sobre todo, el amor, que es el vínculo perfecto.

    La Sagrada Familia no es modelo por ser perfecta, sino por poner a Dios en el centro de su vida. Cuando Dios ocupa el centro del hogar, incluso las dificultades se transforman en camino de crecimiento y santidad.

    Pidamos hoy por todas nuestras familias: las que están unidas y las que están heridas; las que celebran y las que sufren. Que, a ejemplo de la familia de Nazaret, nuestros hogares sean espacios de fe, diálogo, perdón y amor.

IV DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO A

 

 Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

Del evangelio según san Mateo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros"».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Palabra del Señor.

    En este último domingo de Adviento, la Palabra de Dios nos coloca ante una figura silenciosa pero fundamental en el misterio de la Navidad: San José. No pronuncia ninguna palabra en el Evangelio, pero su fe habla con fuerza.

    El evangelista Mateo nos presenta una situación humana difícil. José descubre que María, su prometida, espera un hijo que no es suyo. Según la ley, podría denunciarla; según su corazón, decide protegerla. El texto lo llama “justo”, no porque cumpliera fríamente la ley, sino porque supo unir la ley con la misericordia.

    En medio de su confusión, Dios se le revela en sueños. No le explica todo, no le da garantías humanas, solo le dice: “No tengas miedo”. José cree. Confía. Y obedece. Acepta a María, acepta al niño y acepta una misión que no comprende del todo, pero que viene de Dios.

    Este niño se llamará Jesús, “Dios salva”, y será Emmanuel, “Dios con nosotros”. No es un Dios lejano, sino un Dios que entra en nuestra historia concreta, con dificultades, miedos e incertidumbres. Dios no elige un camino fácil para venir al mundo; elige una familia frágil, sostenida por la fe.

    José nos enseña algo esencial en este Adviento: preparar la Navidad no es solo decorar o hacer planes, sino aprender a confiar en Dios cuando la vida no sale como esperamos. Él nos invita a escuchar a Dios en el silencio, a obedecer incluso cuando no lo entendemos todo, y a abrir espacio para que Cristo nazca en nuestra vida.

II DOMINGO TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO A

 Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

Del evangelio según san Mateo.
Por aquellos días, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo:
«Voz del que grita en el desierto:
"Preparad el camino del Señor,
allanad sus senderos"».
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
«¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
Dad el fruto que pide la conversión.
Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Tenemos por padre a Abrahán", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego.
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias.
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga». Palabra del Señor.

    Seguimos avanzando en este tiempo de Adviento, un tiempo de espera, de vigilancia y de preparación. Hoy la Palabra de Dios nos quiere despertar por dentro, sacudir nuestra rutina y abrir un camino para que el Señor pueda venir a nuestra vida de manera nueva, profunda y transformadora.

    La primera lectura nos habla de un retoño que brotará del tronco de Jesé, un pequeño brote que surge de un árbol aparentemente muerto. Isaías anuncia que del desierto, de lo seco, de lo que parece sin futuro, Dios puede hacer nacer vida nueva.

    Esto es Adviento: creer que Dios puede hacer brotar esperanza donde solo vemos desgaste; reconciliación donde solo hay heridas; fuerza donde sentimos agotamiento. El Mesías viene a renovar nuestra vida desde dentro, no desde la apariencia, sino desde el corazón.

    En el Evangelio aparece Juan el Bautista, un profeta que no adorna sus palabras: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos.” Adviento es un tiempo que nos exige un cambio real, una revisión profunda de nuestra vida. Juan denuncia una religiosidad de fachada: “Tenemos por padre a Abraham’”. En otras palabras, no basta con tradiciones o gestos exteriores; el Señor quiere fruto, quiere una vida más alineada con su Palabra.

    San Pablo nos recuerda que las Escrituras se escribieron para nuestra enseñanza, “para que tengamos esperanza”. Qué importante es dejarnos iluminar por la Palabra, especialmente en estos días en que el mundo vive distraído y acelerado. La Palabra nos centra, nos purifica, nos reorienta.

    Preparar el camino no es fabricar una perfección imposible, sino permitir que Dios entre donde antes no lo dejábamos entrar.