IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A


 Bienaventurados los pobres en el espíritu.

Del evangelio según san Mateo. 
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Palabra del Señor.

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los textos más conocidos y, al mismo tiempo, más exigentes de Jesús: las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta como maestro y comienza a describir el camino de la verdadera felicidad. Pero basta escucharlas con atención para darnos cuenta de algo sorprendente: no se parecen en nada a las felicidades que el mundo propone.

        El mundo dice: felices los poderosos, los que tienen éxito, los que imponen su voluntad. Jesús dice: felices los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que trabajan por la paz.

    Las Bienaventuranzas no son simples consejos morales; son el retrato del mismo Jesús. Él fue pobre de espíritu, manso de corazón, misericordioso con los pecadores, perseguido por hacer el bien. Vivir las Bienaventuranzas es, en el fondo, vivir como Él.

    “Felices los pobres de espíritu”. No se trata solo de pobreza material, sino de reconocer que necesitamos a Dios, que no nos salvamos solos. El pobre de espíritu confía más en Dios que en sus propias seguridades.

    “Felices los que lloran”. Jesús no glorifica el sufrimiento, sino que nos recuerda que Dios no es indiferente al dolor humano. Él consuela, sana y da esperanza a quien no endurece el corazón ante el sufrimiento propio y ajeno.

    “Felices los mansos”. La mansedumbre no es debilidad; es fuerza interior, es saber dominar la violencia, responder al mal con el bien, elegir el camino de la paz.

    “Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No es solo cumplir leyes, sino desear un mundo más justo, donde nadie sea descartado, donde el amor tenga la última palabra.

    “Felices los misericordiosos”. En un mundo que juzga y condena con rapidez, Jesús nos recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio. El que perdona, sana; el que es misericordioso, se parece a Dios.

    Y finalmente, “felices los perseguidos por causa de la justicia”. Seguir a Jesús no siempre es cómodo. A veces implica ir contra la corriente, defender la verdad, amar cuando no es fácil. Pero Jesús nos asegura que vale la pena.

    Las Bienaventuranzas no prometen una felicidad superficial o inmediata, sino una felicidad profunda, que nace de vivir en comunión con Dios. Son un camino, no una meta instantánea.

    Pidamos hoy al Señor la gracia de no quedarnos solo admirando este Evangelio, sino de dejarnos transformar por él, paso a paso, para que nuestra vida sea también una buena noticia para los demás.

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías.

Del evangelio según san Mateo.
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Palabra del Señor

    La Palabra de Dios de este domingo nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. San Mateo nos muestra a Jesús caminando por Galilea, una tierra marcada por la mezcla de pueblos, por la pobreza y también por la oscuridad de la injusticia y la ignorancia de Dios. Y es precisamente allí donde comienza a brillar la luz.

    El profeta Isaías lo había anunciado: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Dios no espera a que todo esté perfecto para actuar. No elige los centros de poder, sino los márgenes. Ahí donde hay oscuridad, confusión o cansancio, Dios enciende su luz.

    El mensaje de Jesús es claro y directo: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Convertirse no es solo dejar de hacer cosas malas; es cambiar la dirección del corazón, volver a Dios, permitir que Él sea el centro de nuestra vida. La conversión es un camino diario, no un acto puntual.

   Luego viene la llamada: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.” Jesús llama a personas sencillas: pescadores que estaban trabajando, ocupados en su vida cotidiana. No eran expertos en religión ni modelos perfectos. Y, sin embargo, lo dejan todo y lo siguen. Esa es la fuerza de la llamada de Cristo: cuando se le escucha de verdad, algo se mueve por dentro.

    También hoy Jesús pasa junto a nuestras orillas. Nos llama en medio del trabajo, de la familia, de las preocupaciones. Nos llama tal como somos, pero no para dejarnos igual, sino para transformarnos. Ser “pescadores de hombres” significa llevar esperanza, fe, consuelo y verdad a un mundo que muchas veces vive en tinieblas.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que esta misión solo puede vivirse desde la unidad. Las divisiones, los orgullos y las rivalidades oscurecen el Evangelio. Cristo no está dividido. Seguirlo implica aprender a caminar juntos, como Iglesia, poniendo a Jesús en el centro y no a nosotros mismos.

    Pidamos hoy la gracia de escuchar la voz de Jesús, de tener el valor de convertirnos y la generosidad de seguirlo. Que su luz ilumine nuestras sombras y nos haga testigos creíbles de su Reino.

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Del evangelio según san Juan.
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo". Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Palabra del Señor.

    El Tiempo Ordinario no es un tiempo “sin importancia”, sino el tiempo en el que aprendemos a descubrir a Dios actuando en lo cotidiano de nuestra vida. Y en este segundo domingo, la Palabra nos presenta una pregunta fundamental: ¿quién es realmente Jesús para nosotros?

    El Evangelio de hoy nos muestra a Juan el Bautista señalando a Jesús y diciendo con claridad:
“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”
No dice: “este es un gran profeta”, ni “este es un líder político”, ni siquiera “este es un maestro admirable”. Dice algo mucho más profundo: Jesús es el Cordero, el que entrega su vida, el que carga con el pecado, el que viene a salvar.

    Juan no habla desde rumores ni suposiciones. Él da testimonio de lo que ha visto: el Espíritu que desciende y permanece sobre Jesús. Por eso puede afirmar con firmeza: “Este es el Hijo de Dios.” La fe cristiana nace precisamente de este testimonio: no de ideas abstractas, sino del encuentro con una persona viva.

    La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos ayuda a comprender mejor esta misión. El siervo del Señor no es llamado solo para sí mismo, sino para ser luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra. Esto se cumple plenamente en Jesús, pero también nos incluye a nosotros. Todo bautizado participa de esta misión: ser luz, ser testigo, señalar a Cristo con la propia vida.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda algo esencial: hemos sido llamados a ser santos. No es un privilegio reservado a unos pocos, sino una vocación universal. La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir lo ordinario con amor, coherencia y fidelidad al Evangelio.

    Volviendo al Evangelio, hay un detalle muy importante: Juan el Bautista no se pone en el centro, sino que señala a otro. Su alegría es que Jesús crezca, aunque él disminuya. Esto nos interpela profundamente en un mundo donde muchas veces buscamos reconocimiento, aplausos o protagonismo. El cristiano auténtico no se anuncia a sí mismo, sino que conduce a otros hacia Cristo.

    Hoy el Señor nos pregunta, en lo más hondo del corazón:
    ¿Reconozco a Jesús como el Cordero que quita mi pecado? ¿Me dejo salvar por Él o sigo cargando mis propias culpas sin confiar en su misericordia?¿Soy testigo de Cristo en mi familia, en mi trabajo, en la sociedad?

    Que en esta Eucaristía, al escuchar de nuevo “Este es el Cordero de Dios”, no sea solo una fórmula litúrgica, sino una confesión sincera de fe. Acerquémonos a Jesús con humildad, dejemos que Él quite nuestro pecado y permitamos que su luz ilumine toda nuestra vida

SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DE JESÚS

 


Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Palabra del Señor.

    Hoy celebramos el Bautismo de Jesús, una fiesta que cierra el tiempo de Navidad y nos introduce plenamente en su vida pública. Después del pesebre y de la adoración, el Evangelio nos muestra a Jesús haciendo fila con los pecadores, entrando al Jordán como uno más. Y eso, ya desde el comienzo, nos revela quién es Dios y cómo actúa.

    Juan el Bautista se resiste: “Soy yo el que necesito ser bautizado por ti”. Y tiene razón. Jesús no necesita conversión, no tiene pecado. Sin embargo, responde: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. ¿Qué significa esto? Que Jesús no viene a imponerse desde arriba, sino a solidarizarse desde abajo. Se sumerge en las aguas del Jordán para cargar con nuestra historia, nuestras fragilidades y nuestros pecados. Dios no nos salva desde lejos; se mete en nuestra realidad.

    En el Jordán sucede algo decisivo: los cielos se abren, el Espíritu Santo desciende como paloma y se escucha la voz del Padre:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Aquí está revelado el misterio de la Trinidad y, al mismo tiempo, el corazón de nuestra fe. Antes de que Jesús haga milagros, antes de que predique o vaya a la cruz, el Padre le dice: “Tú eres mi Hijo amado”. No por lo que hace, sino por lo que es.

    Esto tiene una enorme importancia para nosotros. En nuestro Bautismo, también sobre cada uno se ha pronunciado esa misma palabra: “Tú eres mi hijo, amado”. A veces vivimos como si tuviéramos que ganarnos el amor de Dios, como si dependiera de nuestros méritos. Pero el Bautismo nos recuerda que el amor de Dios es primero, gratuito, incondicional.

    El Bautismo no fue solo un momento del pasado; es una identidad que nos acompaña toda la vida. Nos hace hijos, nos da el Espíritu y nos envía a una misión. Así como Jesús sale del Jordán para comenzar su camino, también nosotros somos enviados a vivir como hijos amados y a hacer presente el Reino en medio del mundo.

    Que al celebrar hoy el Bautismo del Señor renovemos nuestro propio Bautismo. Que volvamos al Jordán de nuestra vida para escuchar de nuevo la voz del Padre, dejarnos llenar por el Espíritu y caminar con Jesús, no desde el orgullo, sino desde la humildad y el servicio.

II DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD. CICLO A

 El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Del evangelio según san Juan.
En el principio existía el Verbo,
y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo,
y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre,
viniendo al mundo.
En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él,
y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron,
les dio poder de ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quién lo ha dado a conocer. Palabra del Señor. 
    Todavía resuena en nuestro corazón la alegría de la Navidad, y la liturgia de hoy nos invita a ir más hondo en el misterio que hemos celebrado. Ya no contemplamos al Niño en el pesebre desde lo tierno y cercano solamente, sino desde lo más profundo de la fe: ese Niño es el Verbo eterno de Dios.
    San Juan no comienza su Evangelio con pastores ni ángeles, sino llevándonos al principio de todo:“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.”
    Con estas palabras se nos recuerda que Jesús no empieza en Belén. Él existe desde siempre. La Navidad no es el nacimiento de Dios, sino la entrada de Dios en nuestra historia.“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”
    Dios no se quedó lejos, no habló desde el cielo solamente. Se hizo carne, se hizo frágil, se hizo cercano. Asumió nuestra vida con todo lo que somos, menos el pecado. Dios ha puesto su tienda en medio de nosotros.
    La primera lectura, del libro del Eclesiástico, usa una imagen muy bella: la Sabiduría de Dios que pone su morada entre su pueblo. Esa Sabiduría es Cristo. Dios ha querido vivir con nosotros, caminar nuestras calles, compartir nuestras alegrías y dolores.
    San Pablo, en la carta a los Efesios, nos recuerda la consecuencia de todo esto: hemos sido bendecidos, elegidos y hechos hijos. No somos simples criaturas lejanas, sino hijos amados. La Navidad revela nuestra dignidad: Dios se hizo hombre para que el hombre pueda vivir como hijo de Dios. Pero el Evangelio también es realista. Dice san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.”
    Aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿lo estamos recibiendo de verdad?No basta con haber celebrado la Navidad externamente. Recibir al Verbo es dejar que su luz ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestra manera de vivir.
    En este segundo domingo después de Navidad, pidamos la gracia de no dejar pasar este misterio como algo ya conocido, sino de dejarnos asombrar de nuevo. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestro corazón sean ese lugar donde el Verbo sigue habitando.Que María, que acogió al Verbo en su seno, nos enseñe a acogerlo también en nuestra vida.