V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 


Vosotros sois la luz del mundo.

Del evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Palabra del Señor.

    En este domingo Jesús usa dos imágenes muy simples: la sal y la luz. Cosas pequeñas, cotidianas, que todos conocían… pero indispensables.

    La sal parece poca cosa, pero sin ella la comida pierde sentido.
La luz puede ser pequeña, pero basta para vencer la oscuridad. Con esto Jesús nos revela algo muy grande: que el Reino de Dios no crece con cosas espectaculares, sino con vidas transformadas.

   Cuando Jesús nos habla de nosotros mismos nos dice: “vosotros sois la sal de la tierra”, nos está diciendo que el mundo necesita del cristiano para no corromperse, para no perder el sabor del bien, de la verdad, de la esperanza. Pero también advierte: si la sal se vuelve insípida, ya no sirve. Es una llamada fuerte: una fe vivida solo de palabras, sin obras, se vuelve estéril.

    Del mismo modo nos dice:“vosotros sois la luz del mundo.” La luz no se esconde. No se enciende una lámpara para taparla. La fe no es solo para el templo es para la vida diaria. Brillamos cuando: actuamos con justicia, perdonamos, ayudamos al necesitado, vivimos con coherencia. Lo más importante del texto es esto: la luz no es para lucirse, sino para que otros vean a Dios.

    Jesús termina diciéndonos: “que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. No es protagonismo cristiano. Es testimonio. Cuando alguien ve tu paciencia, tu honestidad, tu amor, y piensa: “Dios está ahí” ahí se cumplió el Evangelio.

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A


 Bienaventurados los pobres en el espíritu.

Del evangelio según san Mateo. 
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Palabra del Señor.

    Hoy el Evangelio nos presenta uno de los textos más conocidos y, al mismo tiempo, más exigentes de Jesús: las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta como maestro y comienza a describir el camino de la verdadera felicidad. Pero basta escucharlas con atención para darnos cuenta de algo sorprendente: no se parecen en nada a las felicidades que el mundo propone.

        El mundo dice: felices los poderosos, los que tienen éxito, los que imponen su voluntad. Jesús dice: felices los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que trabajan por la paz.

    Las Bienaventuranzas no son simples consejos morales; son el retrato del mismo Jesús. Él fue pobre de espíritu, manso de corazón, misericordioso con los pecadores, perseguido por hacer el bien. Vivir las Bienaventuranzas es, en el fondo, vivir como Él.

    “Felices los pobres de espíritu”. No se trata solo de pobreza material, sino de reconocer que necesitamos a Dios, que no nos salvamos solos. El pobre de espíritu confía más en Dios que en sus propias seguridades.

    “Felices los que lloran”. Jesús no glorifica el sufrimiento, sino que nos recuerda que Dios no es indiferente al dolor humano. Él consuela, sana y da esperanza a quien no endurece el corazón ante el sufrimiento propio y ajeno.

    “Felices los mansos”. La mansedumbre no es debilidad; es fuerza interior, es saber dominar la violencia, responder al mal con el bien, elegir el camino de la paz.

    “Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No es solo cumplir leyes, sino desear un mundo más justo, donde nadie sea descartado, donde el amor tenga la última palabra.

    “Felices los misericordiosos”. En un mundo que juzga y condena con rapidez, Jesús nos recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio. El que perdona, sana; el que es misericordioso, se parece a Dios.

    Y finalmente, “felices los perseguidos por causa de la justicia”. Seguir a Jesús no siempre es cómodo. A veces implica ir contra la corriente, defender la verdad, amar cuando no es fácil. Pero Jesús nos asegura que vale la pena.

    Las Bienaventuranzas no prometen una felicidad superficial o inmediata, sino una felicidad profunda, que nace de vivir en comunión con Dios. Son un camino, no una meta instantánea.

    Pidamos hoy al Señor la gracia de no quedarnos solo admirando este Evangelio, sino de dejarnos transformar por él, paso a paso, para que nuestra vida sea también una buena noticia para los demás.

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 


Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías.

Del evangelio según san Mateo.
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Palabra del Señor

    La Palabra de Dios de este domingo nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. San Mateo nos muestra a Jesús caminando por Galilea, una tierra marcada por la mezcla de pueblos, por la pobreza y también por la oscuridad de la injusticia y la ignorancia de Dios. Y es precisamente allí donde comienza a brillar la luz.

    El profeta Isaías lo había anunciado: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Dios no espera a que todo esté perfecto para actuar. No elige los centros de poder, sino los márgenes. Ahí donde hay oscuridad, confusión o cansancio, Dios enciende su luz.

    El mensaje de Jesús es claro y directo: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Convertirse no es solo dejar de hacer cosas malas; es cambiar la dirección del corazón, volver a Dios, permitir que Él sea el centro de nuestra vida. La conversión es un camino diario, no un acto puntual.

   Luego viene la llamada: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.” Jesús llama a personas sencillas: pescadores que estaban trabajando, ocupados en su vida cotidiana. No eran expertos en religión ni modelos perfectos. Y, sin embargo, lo dejan todo y lo siguen. Esa es la fuerza de la llamada de Cristo: cuando se le escucha de verdad, algo se mueve por dentro.

    También hoy Jesús pasa junto a nuestras orillas. Nos llama en medio del trabajo, de la familia, de las preocupaciones. Nos llama tal como somos, pero no para dejarnos igual, sino para transformarnos. Ser “pescadores de hombres” significa llevar esperanza, fe, consuelo y verdad a un mundo que muchas veces vive en tinieblas.

    San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que esta misión solo puede vivirse desde la unidad. Las divisiones, los orgullos y las rivalidades oscurecen el Evangelio. Cristo no está dividido. Seguirlo implica aprender a caminar juntos, como Iglesia, poniendo a Jesús en el centro y no a nosotros mismos.

    Pidamos hoy la gracia de escuchar la voz de Jesús, de tener el valor de convertirnos y la generosidad de seguirlo. Que su luz ilumine nuestras sombras y nos haga testigos creíbles de su Reino.