II DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD. CICLO A

 El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Del evangelio según san Juan.
En el principio existía el Verbo,
y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo,
y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre,
viniendo al mundo.
En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él,
y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron,
les dio poder de ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quién lo ha dado a conocer. Palabra del Señor. 
    Todavía resuena en nuestro corazón la alegría de la Navidad, y la liturgia de hoy nos invita a ir más hondo en el misterio que hemos celebrado. Ya no contemplamos al Niño en el pesebre desde lo tierno y cercano solamente, sino desde lo más profundo de la fe: ese Niño es el Verbo eterno de Dios.
    San Juan no comienza su Evangelio con pastores ni ángeles, sino llevándonos al principio de todo:“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.”
    Con estas palabras se nos recuerda que Jesús no empieza en Belén. Él existe desde siempre. La Navidad no es el nacimiento de Dios, sino la entrada de Dios en nuestra historia.“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”
    Dios no se quedó lejos, no habló desde el cielo solamente. Se hizo carne, se hizo frágil, se hizo cercano. Asumió nuestra vida con todo lo que somos, menos el pecado. Dios ha puesto su tienda en medio de nosotros.
    La primera lectura, del libro del Eclesiástico, usa una imagen muy bella: la Sabiduría de Dios que pone su morada entre su pueblo. Esa Sabiduría es Cristo. Dios ha querido vivir con nosotros, caminar nuestras calles, compartir nuestras alegrías y dolores.
    San Pablo, en la carta a los Efesios, nos recuerda la consecuencia de todo esto: hemos sido bendecidos, elegidos y hechos hijos. No somos simples criaturas lejanas, sino hijos amados. La Navidad revela nuestra dignidad: Dios se hizo hombre para que el hombre pueda vivir como hijo de Dios. Pero el Evangelio también es realista. Dice san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.”
    Aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿lo estamos recibiendo de verdad?No basta con haber celebrado la Navidad externamente. Recibir al Verbo es dejar que su luz ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestra manera de vivir.
    En este segundo domingo después de Navidad, pidamos la gracia de no dejar pasar este misterio como algo ya conocido, sino de dejarnos asombrar de nuevo. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestro corazón sean ese lugar donde el Verbo sigue habitando.Que María, que acogió al Verbo en su seno, nos enseñe a acogerlo también en nuestra vida.

DOMINGO SAGRADA FAMILIA. CICLO A

 

Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.

Del evangelio según san Mateo.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno. Palabra del Señor.

    Celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret es contemplar un hogar sencillo y real, marcado no solo por alegrías, sino también por pruebas, miedos y decisiones difíciles. El Evangelio de hoy nos muestra que la familia de Jesús no estuvo libre del sufrimiento. Vivió la persecución, la inseguridad y la experiencia del exilio.

    San José, hombre justo y silencioso, aparece como aquel que escucha a Dios y actúa con prontitud. No duda ni se demora: se levanta, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto. José nos enseña que amar a la familia significa protegerla, tomar decisiones valientes y sacrificarse por ella.

    María, por su parte, confía plenamente en Dios. Aunque guarda en su corazón grandes promesas, vive la dureza de una madre que debe dejar su tierra para salvar a su Hijo. Su silencio está lleno de fe. María nos enseña a confiar incluso cuando no comprendemos del todo los caminos de Dios.

    Jesús, aún niño, comparte la fragilidad humana. El Hijo de Dios conoce el peligro, el rechazo y el exilio. De este modo, se hace cercano a todas las familias que hoy atraviesan dificultades: desempleo, violencia, migración, enfermedad o divisiones. Ninguna familia está sola: Dios camina con ella.

    La primera lectura nos recuerda la importancia del respeto, del cuidado y de la responsabilidad dentro del hogar. San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos ofrece un verdadero programa de vida familiar: misericordia, bondad, humildad, paciencia, perdón y, sobre todo, el amor, que es el vínculo perfecto.

    La Sagrada Familia no es modelo por ser perfecta, sino por poner a Dios en el centro de su vida. Cuando Dios ocupa el centro del hogar, incluso las dificultades se transforman en camino de crecimiento y santidad.

    Pidamos hoy por todas nuestras familias: las que están unidas y las que están heridas; las que celebran y las que sufren. Que, a ejemplo de la familia de Nazaret, nuestros hogares sean espacios de fe, diálogo, perdón y amor.

IV DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO A

 

 Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

Del evangelio según san Mateo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros"».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Palabra del Señor.

    En este último domingo de Adviento, la Palabra de Dios nos coloca ante una figura silenciosa pero fundamental en el misterio de la Navidad: San José. No pronuncia ninguna palabra en el Evangelio, pero su fe habla con fuerza.

    El evangelista Mateo nos presenta una situación humana difícil. José descubre que María, su prometida, espera un hijo que no es suyo. Según la ley, podría denunciarla; según su corazón, decide protegerla. El texto lo llama “justo”, no porque cumpliera fríamente la ley, sino porque supo unir la ley con la misericordia.

    En medio de su confusión, Dios se le revela en sueños. No le explica todo, no le da garantías humanas, solo le dice: “No tengas miedo”. José cree. Confía. Y obedece. Acepta a María, acepta al niño y acepta una misión que no comprende del todo, pero que viene de Dios.

    Este niño se llamará Jesús, “Dios salva”, y será Emmanuel, “Dios con nosotros”. No es un Dios lejano, sino un Dios que entra en nuestra historia concreta, con dificultades, miedos e incertidumbres. Dios no elige un camino fácil para venir al mundo; elige una familia frágil, sostenida por la fe.

    José nos enseña algo esencial en este Adviento: preparar la Navidad no es solo decorar o hacer planes, sino aprender a confiar en Dios cuando la vida no sale como esperamos. Él nos invita a escuchar a Dios en el silencio, a obedecer incluso cuando no lo entendemos todo, y a abrir espacio para que Cristo nazca en nuestra vida.