I DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO A

 

 Estad en vela para estar preparados.

Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Palabra del Señor.

    Comienza el Adviento, y con él una invitación para vivir en ese tiempo por parte del Señor: estad en vela. El Evangelio de Mateo nos recuerda que la venida de Dios sucede en medio de la vida cotidiana, cuando menos lo esperamos. No se trata de miedo ni de anuncios catastróficos; se trata de vigilancia amorosa, de vivir con un corazón atento.

    Hoy, más que nunca, podemos comprender lo fácil que es vivir dormidos. Dormidos por la rutina, por el exceso de actividades, por las pantallas, por preocupaciones que nos consumen. A veces también por el desánimo, o incluso por el pecado. Adviento nos invita a detenernos y preguntarnos: ¿En qué aspectos de mi vida me he adormecido? ¿Qué quiero que Dios renueve en mí este año?

    San Pablo nos exhorta: “Ya es hora de levantarse… revestíos del Señor Jesucristo.” Esa es la clave del Adviento: hacer espacio. Si no hacemos silencio interior, si no dejamos hueco, Cristo viene… pero no lo notamos. Él llega de modo discreto: en una persona que necesita nuestra ayuda, en una palabra que toca el corazón, en la Eucaristía de cada domingo, en la paz después de la oración.

    Este tiempo es una oportunidad para recuperar la esperanza. Esperanza que no es ilusión ni optimismo superficial, sino la certeza de que Dios camina con nosotros, y de que su venida es siempre una buena noticia. Cada Adviento es una nueva posibilidad de comenzar.

    Pidamos la gracia de vivir estas semanas con un corazón despierto, vigilante, sensible a la presencia de Dios. Que nuestra espera no sea pasiva, sino activa: con gestos de amor, reconciliación y apertura.