DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 Se arrepintió y fue. Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios.


Del evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor". Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creisteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creisteis». Palabra del Señor

    Las lecturas de este domingo nos ponen delante una pregunta muy sencilla, pero profundamente importante: ¿qué significa realmente decirle «sí» a Dios?

    El Evangelio nos presenta a un padre que tiene dos hijos y les pide lo mismo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». El primero responde: «No quiero». Pero después se arrepiente y va. El segundo contesta: «Voy, señor». Sin embargo, no va. Y Jesús pregunta: «¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» La respuesta parece evidente: el primero.

    Aquí Jesús nos toca en algo muy profundo. Porque nosotros podemos caer fácilmente en la tentación de pensar que la fe consiste principalmente en decir cosas bonitas, tener buenas intenciones o manifestar externamente que creemos. Pero Jesús nos recuerda que Dios no mira solamente nuestras palabras; mira nuestro corazón y nuestra vida.

        Podemos decir muchas veces: «Señor, Señor», y después vivir como si Dios no existiera. Podemos hablar mucho de amor, de perdón, de solidaridad, de fe… y, sin embargo, ser incapaces de perdonar a quien nos ha hecho daño, de ayudar al que tenemos cerca o de reconocer nuestros propios errores.

    También puede sucedernos lo contrario. Podemos haber dicho alguna vez «no» a Dios. Podemos habernos alejado, haber cometido errores, haber vivido durante un tiempo de espaldas a la fe. Pero si un día cambiamos de corazón y volvemos al Señor, Dios nos abre nuevamente la puerta. Esta es una de las grandes esperanzas que encontramos en el Evangelio: Dios no se queda mirando nuestro primer «no»; mira nuestra capacidad de convertirnos.

    El primer hijo dijo que no quería ir. Su respuesta inicial fue equivocada. Pero después «se arrepintió» y fue. Hay aquí una palabra fundamental: conversión.

    Convertirse no significa solamente dejar de hacer algo malo. Convertirse significa permitir que Dios cambie nuestro corazón. Significa reconocer: «Señor, quizá me he equivocado; quizá he tomado otro camino; pero quiero volver». Y esto es muy importante para nuestra vida cristiana. Porque ninguno de nosotros puede decir que siempre ha respondido perfectamente a Dios.

    Hay momentos en los que hemos dicho «sí» con nuestros labios, pero nuestras obras han dicho «no». Hay otros momentos en los que hemos dicho «no» con nuestras decisiones, pero posteriormente hemos tenido la humildad de regresar.

   El segundo hijo representa una tentación muy presente también entre nosotros: decir que sí, pero no hace nada.

    «Sí, Señor, creo en ti». Pero ¿cómo se traduce ese «sí» en nuestra vida? «Sí, Señor, quiero seguirte». Pero ¿qué hacemos cuando llega el momento de sacrificarnos? «Sí, Señor, quiero amar». Pero ¿qué ocurre cuando tenemos delante a una persona que nos resulta difícil? «Sí, Señor, quiero perdonar». Pero ¿seguimos guardando dentro de nosotros el resentimiento?

    La fe cristiana no puede quedarse únicamente en palabras. La fe se hace vida.

    La Eucaristía que celebramos hoy debe salir de este templo con nosotros. El Cristo que recibimos en la Comunión debe hacerse presente después en nuestra manera de vivir.